Mi madre me llama desde la puerta del almacén mientras mi padre pesa unos kilos de azúcar y un cuarto de café. La calle de ripio llena de baches y pequeños hoyos, espera el manto de la lluvia pesada y cansadora.

Ágiles los pies tras la pelota más ágil.

Gritos, risas, una patada demás, la pelota que cae en el patio de don Ernesto y toda la muchachada se silencia en la calle silenciosa.

Ojos, pies, alma y manos petrificados mirando la alta tapia de la casa amarilla

No hay otra reacción que no pensar.

Vivíamos en la esquina de O”Higgins con Gabriela Mistral. Quino, Carlos Montiel, René. También Peto Subiabre que aparecía a veces. Las mañanas y las tardes iban y venían como pájaros migratorios e inocentes. Nosotros éramos las únicas aves de punto fijo en esa esquina, frente a la casa de don Elseario.

Pichangas de fútbol, conversaciones desbordando en todo su continente la trascendencia de la intrascendencia, horas amaestradas para alargarse un poco más o hasta escuchar el llamado de la madre o el padre. La adolescencia con los ojos abiertos tragándose el mundo como un pájaro hambriento.

plastico en laboratorios 1 280x194Aunque los acuerdos para reducir las emisiones de carbono de la Cumbre de París dan cuenta de los esfuerzos globales para minimizar los impactos de la actividad humana en el medio ambiente, la contaminación por plástico -que en su mayoría termina en los mares- continúa siendo un desafío.

La ciencia no solo tiene un rol evaluador de esta problemática, sino también tiene el deber ético de incluirse en ella, como pone de relieve la nota publicada hoy en Nature por el investigador del Departamento de Zoología de la UdeC, Mauricio Urbina, junto a científicos de la Universidad de Exeter (Inglaterra), bajo el título Los laboratorios también debieran reducir sus desechos plásticos.

De acuerdo a un estudio liderado por el Dr. Urbina, se estima que, en 2014, a nivel mundial las actividades de investigación científica generaron alrededor de 5.5 millones de toneladas de desechos plásticos. “Es nuestro deber como comunidad científica evaluar y reducir nuestros desechos plásticos”, afirmó.

Su interés por el tema comenzó con un trabajo de evaluación de los efectos del microplástico en organismos marinos, realizado en el Departamento de Biociencias de la Universidad de Exeter (Inglaterra), del cual es investigador asociado.

“Un día le pregunté a mis colegas si sabían cuánto plástico producía nuestra investigación. Al no tener respuesta, comencé a liderar un grupo para tratar de responder esto”, contó el académico.

Para Quino, René y Carlos Montiel.

diasdecine01En mis años de infancia el cine era cosa de ricos. De palogruesos hubiera dicho mi papá si alguna vez hubiera hablado de ir al cine, pero en mis días de infancia en mi casa nunca se habló de ir al cine, excepto cuando alguna de mis dos hermanas mayores o las dos juntas, lograban conseguir permiso, y dinero, para ir a ver una película de esas que atraían a la muchachada de entonces. Valga mencionar que yo, igual que muchos castreños de esos años, era parte de una familia de origen campesino que pese a llevar un par de décadas en el pueblo (en el Castro de entonces) seguía viviendo de modo muy similar a cuando vivían en la zona rural. Eso por un lado, y por otro que el dinero no alcanzaba nunca para que pudiera ‘despilfarrarse’ en una entrada al cine, una revista y, muchas veces, ni siquiera en un barquillo o un helado de agua. Baste decir que en mis años de infancia nunca tuve la oportunidad de ir al cine –al Teatro Rex como decíamos entonces—ni menos al estadio a ver los grandes partidos que se jugaban en los veranos cuando llegaban, cargados de aureolas, equipos de otras zonas lejanísimas y casi de otro planeta para quienes no conocíamos más que Castro y sus alrededores. ¡Cómo no recordar la publicidad callejera cuando llegaba el Fernández Vial, de Concepción; el Godoy Cruz, de Mendoza, o el Ferroviarios de Osorno, que para más atractivo contaba entre sus filas al popularísimo “Matita”, arquero castreño que había sido reclutado por ese club osornino!

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