El Sobreviviente

  • Escrito por Medardo Urbina Burgos
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El viejo, a pesar de su blanca barba y su rugosa frente, lucía fuerte y musculoso. Había dejado su caballo junto al palenque y mantenía aún puestas sus pierneras de cuero de chivo, cuando se sentó junto al fogón y encendió un cigarrillo. La dueña de casa le ofreció un mate amargo, a la usanza del gaucho argentino. ¡Mate amargo patrona!, le había dicho aquel hombre con un fuerte acento de la pampa. Dijo también que venía a saldar unas pocas deudas que tenía desde hacía años y que se iría al día siguiente. Fue entonces cuando contó la historia, la historia de un tal Alvarez. “ Iba llegando al campamento cuando los vio. Se detuvo tras unos árboles en el bosque y observó. Llovía torrencialmente y al detenerse después de esa gran caminata, sitió el frío intenso de Trapananda.

 

¡La Alegría!.. Eso Que Está Tan Lejos de Chile

  • Escrito por Medardo Urbina Burgos
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Ese día subí al bus. Era de noche y me retiraba a casa, después de atender mi consulta médica, y le dije a la señora que estaba sentada en el primer asiento: 

- Permiso Señora para pasar a ocupar ese asiento al lado suyo, que está desocupado, y agregué: Nosotros, los viejos, tenemos algunas malas costumbres. Entonces la señora me miró algo asustada y con cara de pregunta. Y agregué: - Tengo la mala costumbre de sentarme en este asiento. Lo prefiero, porque puedo ir leyendo.

Entonces ella dijo:

¡OH! ¡MI MAESTRA!

  • Escrito por Medardo Urbina Burgos
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Tenía yo seis años y mi madre me llevó al colegio ese luminoso día de Marzo. Iba tomado fuertemente de su mano, asustado y expectante pues ese sería mi primer día de clases en la Escuela Superior número Uno del pequeño pueblo chilote de Castro. El tenue rumor del aire marino llenaba las calles semidesiertas del pueblo, y nuestros pasos sonaban huecos y secos contra la calle polvorienta. Aunque estaba repleto de miedos, no podía dejar de admirar el maravilloso cielo azul de ese día y mis pantalones cortos no impedían la llegada de la frescura del aire a mis desnudas piernas, cuyos pies metidos en sendos calcetines blanquísimos, iban cubiertos de un par de zapatitos de charol, que le habían quedado chicos a una de mis hermanas mayores.