EL ARTILUGIO

  • Escrito por Igor lópez Yáñez
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Durante fines del verano del 2013, o quizás el inicio del invierno de ese mismo año, producto de mi pericia y oficio de mecánico en grandes estructuras de materiales, viaje, en el lapso de algunos meses, por distintos lugares de Europa e incluso África. Cuando trabajaba en Alemania, reparando engranajes de juegos mecánicos en parques de diversión. Sucedió que conocí a una chica de unos 25 años a quien luego de conseguirle un pase de libre acceso a la montaña rusa que la tuvo jugando durante todo el día, me invitó a su casa a cenar, una zona campestre, a las afueras de la Stadt (urbe). Comimos Kebab turco (estaba de moda en la ciudad) al placer de una condimentada charla miscelánea. Marchaba todo muy bien, hasta que, entrada la noche, finalizando una larga conversación de -El fantasma de Heilbronn- cháchara muy común entre los lugareños, surgió el tema de que los españoles o descendientes de españoles, como yo, no son capaces de mantenerse en una misma metrópoli por más tiempo a dos años y que aquello implicaba, entre otras cosas, según ella, la incapacidad evidente de echar raíces y formar una familia.

Yo no soy español (lo dice hasta mi perfil de red social), y lo latino remolón lo llevo cargando en mi sangre como una cruz a cuestas (asimismo, si bien no soy demasiado moreno tampoco soy de un drástico caucásico). No había contraído nupcias formalmente con Marta; mi mujer, pero no por falta de amor sino, por una cuestión de estilo asociado a las dilataciones modernas. Algo que tarde o temprano acabaría. Quizás la ausencia de hijos también contribuía a aquello.  La alemana se enfadó tanto con mi elaborada respuesta que en espontaneidad a mi versión señaló a viva voz que era un mentiroso y que me debía de marchar de su casa ahora mismo (eran las 12 de la noche). Estuvimos media hora discutiendo los pormenores de tal condena, pero no entendió razones, así que junté mis piltrafas, maldiciéndome a mí mismo por buscarme circunstancias tan extrañas de coexistencia social…hasta que ella soltó una carcajada señalando que “era una broma”, y que le importaba un carajo lo que yo hiciera con mi vida. Brindamos, no sin cierto resentimiento de mi parte, hasta que murió la noche y nos subyugó el sueño.

DILE A LAURA QUE LA QUIERO

  • Escrito por José Teiguel
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"Dile a Laura que la quiero,
dile que yo la adoro,
que hoy me atrasaré,
pues tengo que hacer,
ya la veré”.
(Ray Palaviccino)

 

Encendido del motor

No sospechas cuáles son las razones que te llevan a recordar esa añeja canción de Ray Palaviccino.

“Dile a Laura que la quiero”, creo que se llama. “Laura y Tommy se amaban...para ella él quería lo mejor…”, así comienza. En realidad el tema de la canción trata de dos muchachos que se aman profundamente y desean casarse. Un día él va a competir a una carrera clandestina, sin que ella lo sepa. En la carrera su auto explota en llamas, él muere y antes de dar su último suspiro exclama “dile a Laura que la quiero”. En fin, es una letra un tanto banal y lacrimógena, de las que en nuestro país solía componer la denominada Nueva Ola. O sea, nada especial, pero livianita y pegajosa, una canción oreja.

El cerebro tiene a veces una manera de funcionar que no guarda relación alguna con tus deseos verdaderos o con tus propósitos más íntimos, piensas. Y no te explicas por qué razón justo en este momento, cuando recién estás por comenzar un día luminoso, te da por pensar en la letra de esta canción y no en otra. Y en verdad ni el ambiente ni la ansiedad de este día calzan de modo alguno con esta letra de los años sesenta, cuando todo era más sencillo, más fácil, más en blanco y negro.

Es más, dadas las circunstancias felices que estás viviendo, podrías recordar una canción más actual y alegre, una de Américo, por ejemplo. O algo bailable de Chico Trujillo. Pero no, justamente te tienes que acordar de ésta. Será porque estás casado con Laura, porque él la cantaba a cada momento, o porque cuando todavía solías emborracharte tú también la berreabas a todo pulmón. O será que en los días especiales como éste, tu mente acciona, así, automáticamente, como en un chasquear de dedos, la letra y la melodía de esta canción.

Como ha venido ocurriendo todos los días hábiles, durante los cinco últimos años de tu vida, te has levantado a las seis de la mañana. Te has duchado de manera cansina, casi ceremoniosa, degustando durante diez minutos del chorro tibio que acaricia tu cuerpo. Te has secado prolijamente, te has afeitado con parsimonia, casi con jactancia, mientras tarareas la canción cuya letra, para sorpresa tuya, recuerdas de principio a fin. Con el torso desnudo y la toalla anudada a la cintura has ido a la cocina y has puesto a hervir agua.

Tazas, platillos, tenedores, se despliegan sobre la mesa del comedor. Como seres diminutos dispuestos a un combate amable alineas la mantequilla, el azúcar, el jamón, el pan, las láminas de queso. Desde una esquina de la mesa observas la superficie poblada y mansa del desayuno y de la taza que humea cálida esperando a que te sientes y le ataques al café. Luego bebes el desayuno con la alegría de un niño sano.

Terminas de vestirte, de anudarte la corbata, de revisar el brillo de tus zapatos, antes de concluir con el resto del rito que consiste en lavarte los dientes y besar a Laura y a tus dos pequeños que estarán en pie dentro de media hora. Has salido a encender el motor del furgón, para que se caliente.