El pitazo “chilío”(*) se escuchaba desde lejos. El agudo silbato rompía el aire, potente, cuando aparecía entre los cerros, - bufando- más allá del “Puente de Tierra”, en las faldas del Ten-Ten ¡IIIIIIIIUUUUUUUUU! , ¡IIIIIIIUUUUUUUU! Los niños que jugaban en ese entonces en la “Pampa de las Monjas”, parábamos las orejas, interrumpíamos nuestros juegos entre el pastizal, en las soleadas tardes de verano, y nuestros ojillos se encendían con la alegría del entusiasmo. Abajo el espejo de agua del Fiordo de Castro, calmo sin una brisa, reflejaba nítidamente las verdes pampas bordeadas de rubias alamedas, más allá del predio del señor “Canto D”Uña” y hasta las arboledas de “Los Alderete” en la Punta Ten-Ten.

Entonces nuestras cabecillas despeinadas, se giraban en dirección al inicio de la calle “ Punta de Chonos”, bordeada de palafitos, buscando ver aparecen tras la punta de “ Ñaco La Plata”, el negro armatoste de hierro, envuelto en el humo espeso, dando bufidos acompasados y lanzando blancos crespones de vapor por ambos costados. El trencito de trocha angosta ya hacía su aparición en aquella punta que señalaba, en ese entonces, el extremo norte del pueblo, cubriendo de humo negro las lejanas casitas sobre palafitos, cuando en un aullido general y simultáneo, salían las señoras a saludar al tren, con sus delantales blancos, desde las casitas de Punta de Chonos. Y nosotros - los niños de la Piloto Pardo- partíamos en loca carrera –todos descalzos- por los arenales de las monjas, en una verdadera estampida hacia la estación de ferrocarriles que quedaba junto al puerto. 
 
Llegábamos juntos –el tren y nosotros- y era una locura cuando la locomotora se detenía un poco más allá de la estación, y soltaba el vapor sobrante de la máquina. Entonces, ya estábamos todos los mocosuelos, a ambos lados de la negra armatoste, dejándonos envolver por el vapor caliente de la máquina ¡qué alegría! Era un chivateo endemoniado el de la chiquillada, que desgreñados, sucios, empolvados, y zaparrastrozos, descalzos y con pantalones cortos, disfrutábamos ese baño de vapor caliente, hasta que se desvanecía, moribundo, el último suspiro de la máquina y la estación se envolvía en un silencio sordo, roto tan sólo por el ajetreo de los pasajeros. 
 
Entonces aparecía el espíritu del “changuero”(**). Los niños ofrecíamos nuestros servicios a los pasajeros “con cara de nortinos” para transportarles las maletas hasta el hotel Luxor o La Bomba . Subir esas pesadas maletas por aquella empinada calle Blanco, era un suplicio, sin embargo, entre bufidos y empeño, lográbamos llegar al hotel, cansados y a veces exhaustos, y entonces recibíamos algunas monedillas por el trabajo. Volvíamos a la carrera por la empinada calle Blanco - ahora cuesta abajo- para alcanzar a revisar los tres vagones del tren. En efecto, conocíamos todos los recovecos de cada vagón. Nos subíamos a los asientos y nos empinábamos al máximo para recorrer con las manos el fondo de los maleteros. A veces quedaba olvidada alguna bufanda, un chaleco, o simplemente uno de esos berlines deliciosos que los descendientes de colonos alemanes fabricaban en Ancud o en Puntra y que en Castro no se conocían o se miraban con apetito contenido, a cierta distancia. Especial interés despertaba en mi el deseo, generalmente cumplido, de encontrar un ejemplar -olvidado en alguna parte del tren- del diario La Cruz del Sur, que se editaba en Ancud y que mi padre ( Don Carlitos Urbina Blanco) leía con entusiasmo, cada vez que yo volvía a casa –sucio y despeinado- con el trofeo en la mano, que evitaba una dura reprimenda. 
 
Mis hermanos mayores me llamaban “Capitán de Puerto”,( y esa era una de las más honrosas denominaciones, pues las otras eran “mequetrefe”, “muelas de oro” o “sonrisa de tigre”, pues los caninos sobresalían visiblemente de mi boca, ante la ausencia de los incisivos, a esa edad de los seis años). Y me llamaban así, porque yo conocía la hora y fecha de la recalada de los grandes barcos que hacían el cabotaje entre las islas del archipiélago de Chiloé, y no era nada raro, pues nuestras jugarretas – especialmente durante las vacaciones de verano- se desarrollaban entre el puerto y la estación de ferrocarriles, la pampa de las monjas o el campo de los Yurac o en la playa cercana entre los palafitos de la calle Pedro Montt, todo lo cual giraba en torno al puerto, cuando no decidíamos incursionar por los campos de “ La Chacra”, más allá de la casa de don Nano Borquez o de la animita de Marcelo Colín en un punto del cruce de caminos que asciende a la montaña hacia el Oeste del pueblo o – más raramente- en las inmediaciones de “ Los Raipillán”, área boscosa y selvática donde la virginidad había reinado desde que el mundo es mundo. 
 
Y así , el día deshojaba sus últimas horas de luz, cuando, -cansados pero repletos de risas y de vivencias- ascendíamos la calle Piloto Pardo, ( que nace en Punta de Chonos y muere en la meseta de Castro, haciendo una extraña S), el grupo de chiquillos de 6 a 10 años: Jorge Rivera, su hermano “ Moquillo”, Armandito Ojeda, su hermano “Chito”, Mario Cerna Rosales, “Chito “Galindo y su hermano menor ”Tito”. A veces nos acompañaba “ Ñaco La Plata” o Pedro Barrientos, al que llamábamos “ Tronero”, por la interminable producción de gases intestinales que él tenía, o se nos unía alguno de los muchachos de la Pedro Montt, como Pedro Arteaga, Nelson Nayán o Lucho “Trozo”, llamado así porque su padre tenía una carnicería. Y llegaba la noche. Entonces nuestra madre, nos daba una buena reprimenda por la cantidad de mugre que traíamos en el cuerpo y nos bañaba dentro de una bañera de madera (en ese entonces no existían las bañeras de loza) con agua caliente y abundante jabón “Gringuito” o “Popeye”. Después del baño –y ya algo dormidos- nos recibía una cama calentada con botellas con agua hirviente o ladrillos calentados en la estufa a leña y envueltos en una toalla, para recuperar las energías gastadas durante el día. El sueño venía a nosotros en medio del recuerdo de tantas diabluras y aventuras vividas en torno al trencito de trocha angosta de Chiloé…y nos dormíamos así…con una sonrisa en los labios 
 
Tren de Chiloé
Fotografía extraida del libro "Entre barcos y trenes"
 
 
 
(*) Chilío : voz o sonido agudo ( del veliche) (**) Changuero: de “changuita” o “changa”: servicio menor por el que se cobra alguna moneda. En este caso es por llevar las maletas del pasajero. Changuero: el que presta el servicio ( del veliche).

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