Quellón y sus alrededores fue también escenario de la formación y posterior derrotero delictual del famoso pirata de las Guaitecas, Pedro Marìa Ñancúpel Alarcón. En efecto, el conocido personaje había nacido en 1837 en Terao, un lugarejo de la costa Este de la Isla Grande de Chiloé, situado unos 15 kilómetros al sur de Chonchi. Sus padres; José Ñancúpel y Petronila Alarcón nunca sospecharon el sangriento camino que seguiría su hijo ni el dramático fin de sus días. En 1857, cuando tenía alrededor de 20 años, se trasladó a trabajar en los alrededores de lo que posteriormente sería Quellón, donde realizó labores de bordemar, como la pesca y la marisca, la conducción de botes a remo y la carpintería de ribera.

Paula Llancalahuén

Fue en ese período cuando conoció a Paula Llancalahuén, una joven chilota procedente de la parte sur de la isla Laitec, situada frente y al sur de Quellón, la cual llegaría a ser finalmente su esposa. Algunos informantes señalan que Ñancúpel trabajó bajo las órdenes de un Capitán de Puerto de aquel entonces, quien le habría enseñado el manejo de ciertas armas de fuego como pistolas, carabinas y escopetas, como también nociones de abordaje a naves en el mar, aún en las más adversas condiciones climáticas, lo que podría haber sido primordial en la formación de uno de los piratas más sanguinarios de que se tenga memoria.

Desde la zona de Quellón, Ñancúpel derivó a las islas y canales al sur del Golfo Corcovado, área que en la segunda mitad del siglo XIX era el escenario ideal para la caza de lobos marinos y nutrias (“gatos”) así como de la tala y explotación del ciprés de las Guaitecas..

Cipresero y cazador de lobos y “gatos”.

Pedro María Ñancúpel trabajó junto a sus hermanos, primero como hachero en la tala de cipreses de las Guaitecas, pero pronto evolucionó hacia la caza de lobos y a la conservación de sus cueros, actividad en la que logró cierta experiencia, llegando a formar una cuadrilla dedicada a la compra y venta de pieles. No es claro el por qué abandonó dicha actividad que le daba cierta tranquilidad económica; pero lo cierto es que pronto se dedicó a actividades de piratería en el intrincado territorio del archipiélago austral ( Archipiélagos de las Guaitecas y Chonos), un laberinto de islas y canales que llegó a conocer como la palma de su mano..

Los Nahuelhuén.

Es probable que haya sido invitado por su tío, el pirata José Domingo Nahuelhuén, quien desde mediados y hasta fines del siglo XIX lideraba una banda de no menos de 15 maleantes que asoló ese territorio sin patria ni ley, asaltando a miembros de otras cuadrillas de nutrieros y loberos chilotes, sin respetar a navíos chilenos ni extranjeros que hacían puerto en esas ensenadas para proveerse de agua y leña. Se dice que tal cuadrilla de maleantes carecía de toda compasión y que sus brutales miembros solían dar muerte a hombres, mujeres y niños, por igual, para no dejar testigos de sus fechorías. En esta “escuela” Pedro María Ñancúpel debió haber aprendido las técnicas de piratería que lo hicieron tan famoso, como buscado por los hombres de la Ley, entre los 70 y 80 del siglo XIX

La ejecución de la Banda de los Nahuelhuén en Ancud

Las numerosas desapariciones de naves y tripulaciones completas unidas al asesinato confeso y sanguinario de los hermanos Manquemilla en un apartado rincón del archipiélago de los Chonos, motivaron la persecución y captura de la “Banda de los Nahuelhuén”, a fines de la década de los 70, entre los cuales se encontraba el joven Pedro María Ñancúpel. El juicio que se desarrolló en Ancud, determinó que fueran condenados a muerte José Domingo Nahuelhuén, el cabecilla del grupo, Juan Andrés Piucol y Juan Lepío Mañao. La sentencia fue cumplida en Ancud el 9 de Junio de 1879 oportunidad en la que Pedro María Ñancúpel fue absuelto de todos los cargos por haberse demostrado que cuando ocurrieron los asesinatos él se encontraba lejos del lugar de los hechos.

La captura

Dejado en libertad y vuelto al territorio de islas y canales australes, las desapariciones de cuadrillas de loberos, cazadores de “gatos” o cipreseros –llamados genéricamente “guaitequeros”- continuaron igual que antes del juicio. A estas alturas Ñancúpel lideraba una banda de maleantes que había ya asaltado a numerosos buques extranjeros y se decía que daban muerte a sus tripulantes con la misma o mayor frialdad que la de los Nahuelhuén. Pronto los hombres de la Ley estuvieron sobre sus pasos y al fin fue apresado en las inmediaciones de Melinka, el 6 de agosto de 1886 por el Subdelegado de ese territorio austral, Don Belisario Bahamonde, al haber sido sorprendido ebrio en plena celebración del último de sus golpes. Reducido y esposado, fue conducido a Castro junto al grupo de familiares que lo acompañaba en esa ocasión: su hermano Anastasio Ñancúpel y el hijo de éste, José Miguel Ñancúpel, además de sus sobrinos Anastasio Segundo Ñancúpel Arriagada (14) y Anastasio Segundo Catepillán Ñancúpel (17) y José Belisario Catepillán Ñancúpel ( 14). Ya en Castro, los tres últimos fueron liberados por las autoridades por tratarse de menores de edad, mientras que Anastasio Ñancúpel y su hijo José Miguel, que ocupaban una misma celda en la cárcel de Castro, huyeron durante una noche del mes de diciembre de 1886, a través de un boquete, abierto en la pared de madera del recinto.

El fusilamiento

El juicio duró alrededor de dos años. Un documento fechado en Castro el 06 de noviembre de 1888 dictamina la “…sentencia de Pena de Muerte para el reo Pedro María Ñancúpel por no haber sido acogida la solicitud de Indulto, elevada por la defensa a la Corte de Apelaciones de Concepción” y ordena que:“…el expresado reo Pedro María Ñancúpel sea fusilado mañana a las 08 horas en el patio de la cárcel de esta ciudad”.

El reo recibió el apoyo espiritual de cuatro sacerdotes franciscanos que se ofrecieron voluntariamente, compadecidos por el triste destino del inculpado. Sin embargo, el piquete de fusileros debió esperar aún un par de horas, acogiendo la solicitud de un vecino de las inmediaciones de la cárcel que acudió al recinto para solicitad a la autoridad un aplazamiento de la ejecución, pues su esposa estaba a punto de dar a luz y se consideraba nefasto para la madre y la criatura que ésta naciera junto con el fallecimiento del reo o se escucharan disparos de muerte al momento del nacimiento. Finalmente la madre dio a luz y a las diez de la mañana se procedió la ejecución.

El reo recibió la descarga de los fusileros y cayó hacia un costado, sin embargo no murió en el acto y debió ser rematado con un tiro de gracia disparado con una pistola por el policía y Veterano de la Guerra del Pacífico, Don Felipe Montiel quien fuera el funcionario que dirigió su captura.

El entierro

El cuerpo no tuvo sepultura oficial por no contar con la autorización de la Iglesia, y fue dejado en plena calle, frente a la cárcel de Castro, sobre un “dornajo” o “birloche” que un vecino caritativo llevó hasta allí. Tras la ejecución, los hombres de la Ley habían dejado el cuerpo semi-desnudo, en plena calle como si se tratara de un objeto despreciable, a la vista de todo el pueblo, a la espera de que los familiares se hicieran cargo de él. Permaneció así casi por 24 horas. Al día siguiente aparecieron la madre de Ñancúpel, su esposa Paula y un mocetón aindiado conduciendo un buey, con el cual se arrastró el birloche que acogía al cuerpo del pirata, salvando, de este modo, las pocas cuadras que lo separaban del cementerio. Dominados por la superstición chilota, los pocos habitantes del pueblo habían ya cerrado con trancas y pestillos las puertas y las ventanas de sus viviendas para evitar la cercanía del espíritu maligno que se creía rodeaba al occiso. El triste cortejo formado por las tres personas y el buey avanzó lentamente por las barrosas calles del pueblo hasta el camposanto…sin más acompañantes que ellos mismos, una suave llovizna… y el silencio.

Bibliografía:

  1. Contreras Vega, Mario (2002): “Pedro Ñancúpel Pirata de Chiloé” Imprenta Nahuel. Valdivia. 142 páginas.
  2. Marino, Mauricio (1988): “Memorias de Pedro Ñancúpel”
  3. Mercado Miranda, José (2007): “Agonía de Ñancúpel” Ediciones CESOC. Santiago de Chile, 240 páginas
  4. Montiel Vera. Dante (2003): “El fusilamiento en Chiloé. La pena máxima” Chiloé. Crónicas de un mundo insular. DIMAR. Puerto Montt.
  5. Diario “El Archipiélago” (1888): Castro Noviembre de 1888.

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