Me han comentado que entre las historias que se cuentan y recuentan en la isla de Chiloé, y que una mano bruja puede encontrar un día cualquiera bajo miles de empolvadísimos folios en los pasillos del enjundioso Archivo de la Mvy Antigva y Señorial Civdad de Castro; algunas de las de mayor ingenio, vuelo y maravilla son las de uno de los preclaros poetas que, según fuera verano o invierno, vio empolvarse o cubrirse de barro sus añosos zapatos callejeando la ciudad de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.

Aquel personaje, a quien la fantasía, la natural transformación de las historias al galopar de boca en boca, y la mala memoria –todas juntas y amelcochadas—describen como un poeta de voz aún más nasal que la de nuestro insigne Premio Nobel; más sureño e incluso más lluvioso que él; unas leguas más imaginativo que el parralino-temuquense (lo que no es poco decir); sin compromiso político con izquierdas ni con derechas ni centros ni costados ni parribas ni pabajos; y, para mayor dato, según cuenta su historia fabulosa, pero no por eso menos cierta, lejano y desconocido pariente de los emperadores del Imperio del Sol Naciente, aunque hijo de una chilota que caminó hasta que le dieron las fuerzas para hacerlo la embarrada ruta de Chonchi a Quellón y vuelta otra vez, de Quellón a Chonchi, en un tiempo en el que por esos lugares sólo había huellas construidas a hacha y machetón, resbalosos envaralados, y pequeños senderos casi siempre cubiertos por barro y agua, para el paso de caballos, birloches y carretas tiradas por bueyes.

Se cuenta, por ejemplo, que este poeta de voz nasal, verso huracanado y grandilocuente y que, según se oye, en las últimas cuatro décadas nunca ha sido invitado a recitales, y en su ya larga vida nunca ha recibido apoyo de los Fondos de Cultura del Gobierno ni sobajeos de ninguna autoridad ni poeta ilustre, hace sólo un par de décadas (y parece tanto tiempo) cuando tras largos años de sistema democrático, nuestro país consiguió algo que en otras naciones parece derecho natural del hombre civilizado --la oportunidad de poder elegir a sus autoridades en votación popular y abierta. Dicen los que afirman haber visto el documento, que el tal poeta y ciudadano chilote y universal --además de, por entonces, líder sindical en una pesquera cuyo nombre nunca ha llegado a mis oídos—presentó su candidatura a concejal en la comuna de Queilen, donde residía y oficiaba honrosamente la Sagrada Trinidad de sus tareas: poeta, obrero y dirigente del sindicato de trabajadores de la empresa en la que laboraba.

Como es de suponer, individuo de tan libre filosofía como el aquí descrito no podía amarrarse a ideologías grandes ni pequeñas, ni ser acorralado por esas minúsculas o gigantescas presiones con que atenazan a los seres humanos los grupos, sectas, partidos políticos y todas esas cuestiones. Nuestro personaje era, valga decirlo, libre como las aves y el viento (no digo los peces porque ya sabemos lo que les ha pasado a los salmones), y el único motor que lo movía en esta causa era representar a los ciudadanos de su pueblo con integridad, libertad (sin deberle nada a nadie) y, muy especialmente, con una maravillosa e inusitada imaginación. Esa misma que escasea tanto entre nuestros políticos, medio en el cual incluso hay que llamarse como otro que ya esté en los libros de historia para poder acceder a cualquier cargo de importancia, verbi gracia: llamarse Eduardo Frei para llegar a presidente o aunque sea para perder una elección presidencial, o Alessandri, para hacer exactamente lo mismo que el anterior (aunque unas décadas antes), o… para qué seguir, si todos sabemos que en el futuro –igual que las piedras en el fondo de los ríos-- continuarán repitiéndose los apellidos y los nombres.

De modo que nuestro poeta chilote-huilliche-nipón decidió presentar su candidatura sin el apoyo de ningún partido político para disfrutar de la mayor libertad que un concejal de cualquier lugar de la patria pudiera imaginar. Dicen que no pidió ayuda ni siquiera a un club deportivo (que poco le hacía al peloteo y, menos todavía, a las pelotudeces), ni a un centro de padres ni a un grupo de jugadores de cacho, que, para él, todo eso sonaba a compromiso pre-eleccionario de esos que después los mismos que ayudaron a elegirlo no se cansan de recordárselo y sacárselo en cara en cualquier actividad pública. “¡Y que te creí voh porque erí concejal! ¡Sabí que no estaríai ahí ni en ninguna parte si no juera por mi voto! ¡Tal por cual! ¡Malagradecío e’ miéchica!”

Nuestro poeta no quería verse entreverado en este tipo de situaciones tan contraproducentes como atentatorias contra la libertad, la dignidad y el inmaculado honor de una autoridad civil. Por eso, no tuvo publicidad radial, no fue entrevistado por ningún medio de comunicación, no consiguió ni siquiera un mísero vehículo, chocado y dado de baja, para hacer su campaña; nadie le prestó ni siquiera un destartalado megáfono a pilas para pararse a hablar en las esquinas, en la plaza del pueblo o afuera de las oficinas públicas más concurridas. La verdad sea dicha, no le pidió nada a nadie ni un solo céntimo y, asimismo, nadie se dignó a ofrecerle ni siquiera una pálida rosca chonchina.

El único instrumento con el que contó en su campaña fue una hoja de papel doblada en dos, escrita a máquina por ambos lados, con una borrosa y casi irreconocible fotito de carnet en el ángulo superior izquierdo de lo que quería parecer la portadilla. Y aunque parezca increíble, en ese tiempo de maravillosas impresiones a todo color y GIGANTOGRAFÍAS de tamaños sorprendentes con fotografías que a veces caen en lo horripilante, nuestro humilde y honesto candidato a concejal, sólo consiguió que algún amigo, tal vez un obrero de la misma empresa, le hiciera a puro pulso unas escasas y casi ilegibles copias a mimeógrafo del anuncio en el cual daba cuenta de los proyectos que echaría a andar durante su periodo edilicio.

Nuestro poeta y ex-cartero –que según numerosos testigos leía sus poemas en cada casa donde entregaba una carta--, en medio de sus agotadoras y pésimamente remuneradas tareas de obrero y dirigente sindical, había dado un nuevo paso: transformarse en hombre público para luchar por el bienestar de su comunidad y el desarrollo de la misma; así como también por el mejoramiento de la conectividad comunal.

Tenía todo para ganar. Principalmente, ideas nuevas y enormes, y la hermosa ilusión de transformar a su comuna en la mejor y más desarrollada de la provincia gracias al trabajo arduo que él mismo impulsaría por decreto como principal plataforma de su periodo en tan insigne posición. Claro que también había pequeños detalles que, aunque él se negaba a ver, cualquier observador imparcial y con medianas entendederas comprendería que eran obstáculos insuperables a la hora de lanzar una campaña con posibilidades de ganar un escaño, porque: Primero, no contaba con dinero ni con apoyo económico de nadie. Segundo, no pertenecía a ningún partido político ni grupo de poder. Tercero, no sabía de padrinos ni de pitutos. Y así podría seguir enumerando, cuarto, quinto, sexto, séptimo, pero no es necesario continuar la lista porque él contaba con un apoyo más importante que cualquier otro. Al menos eso era lo que pensaba él. Los pocos volantes de su casi inexistente campaña decían: “El candidato tal y tal…, obrero y dirigente sindical, independiente…, cuenta con el apoyo de su hija.” Y basado en ese mínimo pero indiscutible apoyo, esperaba ocupar un sillón en la sala del Concejo Municipal para proponer algunas ideas tan desmesuradas como las que comentaré a continuación.

Habiendo visto, desde su posición de ciudadano casi sin voz ni voto, cuánto vuelo habían ganado las pasantías en el extranjero para profesionales de distinto tipo, nuestro candidato consideró que era hora de enmendar la plana a dicho asunto, puesto que no era democrático que sólo los que tenían un título profesional y, por lo mismo, un sueldo que les permitía una vida de cierta comodidad, recibieran fondos del gobierno para pasar unos meses en Canadá, España, Alemania, Italia, Nueva Zelanda o algún bello lugar del Caribe. ¡Esto no es democracia! --dijo nuestro poeta-candidato. Y se lanzó con la siguiente propuesta: Las pasantías en el extranjero se otorgarán a los mejores ciudadanos de la comuna.

No dudo que, a muchos, le sonará a cosa risible y poco seria. Pero si diéramos vuelta, aunque fuera solamente un poquitín nuestras ideas, comprobaríamos que no tiene nada de risible, puesto que si el estado mandara al extranjero a los mejores ciudadanos, nuestro país estaría enviando una embajada cívica de primer nivel que sin hacer nada más que lo que hace todos los días en su pueblo o ciudad, estaría dando cuenta de cuán elevados son el civismo y la educación en nuestro país. Es decir, la mejor publicidad a un costo mínimo.

Asimismo, habiendo experimentado en carne propia las deficiencias de un sistema de salud pública que hace veinte años estaba tratando de volver por sus fueros de antaño, no halló nada más conveniente que buscar un hospital grande y repleto de recursos para que los pacientes cuyos casos excedieran las limitadas posibilidades que ofrecía su comuna pudieran recuperar la salud en un hospital de primerísimo orden. Fue así como otra de sus propuestas fue: Las interconsultas del Policlínico de Queilen se harán en el Hospital Adventista de Mineápolis (Estados Unidos de América).

Tengo que confesar que en este punto mi colega poeta me dejó un poco turulato pensando, cómo se las irá a arreglar para mandar a los pacientes de su comuna a un lugar tan lejano. Mentiría si dijera que en ese momento pensé en el asunto de las visas porque no se me pasó ni por la cabeza. Sólo atiné a pensar en la enorme distancia que existe entre ambos puntos y, principalmente, los días de demora. Pero tras darle vueltas y vueltas a la factibilidad del asunto, me pareció que el candidato sabía muy bien por dónde iba. Por un lado, solucionaría los problemas de salud de su gente, y al mismo tiempo, estaría impulsando el desarrollo de la empresa local, puesto que los buses de su pueblo no sólo llegarían a Santiago y Punta Arenas sino que entraría en un negocio de escala internacional: Queilen (Isla de Chiloé) – Mineápolis (Estados Unidos). Entre medio, haciendo turismo por Centro y Sudamérica en el viaje de retorno a casa. Todo eso pagado por el Fonasa o por las generosísimas aefepés.

Y como la puntería no le fallaba, aunque nunca en su vida hubiera disparado un arma de fuego --“de chico no tuve ni una honda,” me contó una vez--, muy pronto se había dado cuenta de los viajes pacá y pallá de los políticos y de todos los que consiguen llegar a una posición de poder. Así que, tal vez, pensando “no le estoy pidiendo su voto a ninguno de los otros candidatos,” se tiró a poto pelao con la propuesta siguiente: “Los alcaldes y los concejales no podrán salir de su comuna durante todo el período de su mandato.”

Aquí sí que habría que decir: “¿Cómo te quedó el ojo?” Y yo me imagino que no es que quisiera eliminar ni trabajos ni proyectos de desarrollo en colaboración con otras comunas o incluso con otras provincias. Lo que, de verdad, estaba haciendo era plantear dos cuestiones fundamentales basado en su libertad y su ética a toda prueba: 1. Trabajaremos con quienquiera que sea, pero que venga a hacer los tratos aquí. 2. Con esto estaremos promoviendo la rotación en los cargos comunales, puesto que dada esta severa restricción de movimiento ningún concejal ni alcalde querrá postularse a la reelección. No me negarán que son pensamientos como para grabarlos en oro.

Y hoy día (un “hoy día” que se extiende por más o menos sesenta años) cuando siguen los dimes y diretes entre los que quieren que haya puente y los que no quieren que haya puente en Chacao y que llegan a armar unas trifulcas de padre y señor mío con el “Chiloé debe tener un puente” y el “no necesitamos ningún puente,” con una seriedad tal que cualquier ciudadano un poco despistado creería que el gobierno está verdaderamente interesado en realizar la mítica construcción, vemos cuán adelantadas eran las propuestas de nuestro poeta-candidato. Por mi parte, les dejo a ustedes la tarea de decidir si tales ideas y tal inusitado ingenio le venían de sus antepasados chilotes, de sus antepasados españoles o de su innegable y aún no estudiada alcurnia japonesa.

Hoy día (aquí me refiero a un “hoy día” bien distinto al del párrafo anterior) cuando los diarios de la provincia muestran que ya no sólo se trata de “puente sí” o “puente no” sino que a dichas posibilidades se han sumado las de “puente sí, túnel no,” “túnel sí, puente no” y “ni túnel ni puente,” y medio Chiloé está pensando “si el gobierno se ha puesto tan despilfarrador con nosotros, por qué miéchica no nos ponen un puente para entrar a la isla y un túnel con cubierta transparente para regresar a Pargua, que de ese modo tendríamos la oportunidad de conocer el canal por arriba y por abajo,” la propuesta del padre-poeta-obrero-dirigente-candidato a concejal, nos muestra cuán atrasados estamos en la consecución de nuestros anhelos.

La propuesta a la que me refiero, ni menor ni menos cuidadosamente pensada que las anteriores, era: Puente o submarino a Isla Tranqui. Sé que los que se oponen a todo dirán que un puente entre Queilen e isla Tranqui es impensable. Y aunque yo sólo acostumbro a oponerme “a casi todo,” en este caso les encontraría la razón en lo relativo al puente. Porque no me negarán que lo del submarino sería una de las maravillas del archipiélago mágico, además de completamente posible.

¿Saben ustedes qué hacen nuestros submarinos (si es que todavía los tenemos) durante todo el año?” Ciertamente yo no lo sé, puesto que èsa es una de las infinitas especialidades que no tengo, pero imagino que estarán por allí en algún lugar de nuestro mar territorial como tiesas ballenas inmóviles e improductivas.

Por lo tanto, ponerlos a hacer recorridos entre un pueblo costero y una isla de difícil acceso les daría la graciosa oportunidad de realizar una tarea de verdad y de verdadero servicio a la patria (a ese pedazo de patria olvidado hasta en los pronósticos del tiempo); les permitiría estar en forma, siempre listos, a la hora de los quiubos (es decir, cada día); podrían autofinanciarse como deben hacerlo la mayoría de las instituciones nacionales; la isla Tranqui recibiría turistas llegados de los más diversos puntos del planeta sólo para pegarse un viajecito en submarino; dichos medios de transporte podrían pintarse de colores llamativos contrastantes con el verde y el azul, para, desde lejos, hacer saltar de felicidad a la gente: “Mira, viejito, allá viene llegando el Simpson.” Y qué alegría y seguridad más grande tendrían las ancianas de la isla contándole a sus vecinas mientras comparten un mate: “Mi hijo se fue a comprar nuestras faltas a Castro. Volverá en el Simpson de las seis de la tarde.”

A modo de conclusion.

Y viendo el autor que la historia del poeta-candidato era Buena y no se apartaba ni un ápice de la verdad por el conocida, lo mandó publicar en este libro y añadió unos versos de otro siglo y autor, que dicen así:

Aunque muchas cosas parezcan sin razón,
miradas más de cerca, ¡qué verdaderas son!

Havertown, 8 de febrero de 2013

 

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