Anoche, noche de descansado sábado disfrutado con mi esposa y mi hija Carla, me di algo de tiempo para ver qué había en la prensa, aparte del mediático ataque de Mr. Trump a una base siria. De pronto, como ocurre en cada búsqueda en internet, me encontré con una noticia totalmente inesperada y que me recordó de golpe y porrazo que entre mis tareas no se cuenta sólo la de leer sino también la de escribir y, de vez en cuando, dejar testimonio de esas noticias que me golpean y que, aunque sea por un momento, me empujan a recordar algún pequeño trozo de lo largamente vivido.

El sitio online http://altustimes.com/news/9532/acclaimed-russian-poet-yevgeny-yevtushenko-dies-in-tulsa-oklahoma informaba en preciso inglés, la nota de Ken Miller (AP), que aquí transcribo en español:

El aclamado poeta ruso Yevgeny Yevtushenko muere en Tulsa, Oklahoma

OKLAHOMA CITY - El aclamado poeta ruso Yevgeny A. Yevtushenko, cuyo trabajo se centró en las atrocidades bélicas y denunció el antisemitismo y a los dictadores tiránicos, ha muerto. Tenía 84 años.

Ginny Hensley, portavoz del Centro Médico Hillcrest en la ciudad de Oklahoma, en Tulsa, confirmó la muerte de Yevtushenko. Roger Blais, el rector de la Universidad de Tulsa, donde Yevtushenko fue miembro de la facultad durante mucho tiempo, dijo que le informaron que Yevtushenko murió el sábado por la mañana.

El hijo de Yevtushenko, Yevgeny Y. Yevtushenko, dijo que su padre murió a las 11 de la madrugada y que los médicos dijeron que sufría de un cáncer de grado cuatro.

Por su parte, The Normangee Star, de Texas, en su edición del 5 de abril informaba lo siguiente:
 

El poeta ruso Yevgeny Yevtushenko muere en el hospital de Tulsa

4 de abril de 2017- El poeta ruso Yevgeny Yevtushenko murió de insuficiencia cardíaca en los Estados Unidos a la edad de 84 años.

Desde 2007, Yevtushenko dividió su tiempo entre Rusia y los Estados Unidos, enseñando poesía rusa y europea y la historia del cine mundial en la Universidad de Tulsa, en Oklahoma, y en el Queens College de la University de la Ciudad de Nueva York.

Y agregaba:
"Sus poemas resonaron en los corazones de millones de personas", dijo el último presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. "Sabía que era amado". Se hizo conocido en los años 1960 por sus poemas denunciando a José Stalin y el antisemitismo en la Unión Soviética. Su poema "Babi Yar", escrito en 1961 sobre el asesinato de 33.771 judíos en el barranco de Kiev del 29 al 30 de septiembre de 1941 cometido por los alemanes y por la policía local, fue visto como un punto de inflexión para la literatura como una herramienta para desafiar la narrativa soviética.

Pero en el apogeo de su fama, Yevtushenko era una proverbial estrella del rock, leyendo sus obras en estadios y estadios de fútbol llenos, incluyendo a una multitud de 200.000 personas en 1991 que había llegado a escuchar durante un fallido intento de golpe a la Federación Rusa.

El poema fue una sensación en la Unión Soviética, donde las lecturas de Yevtushenko dibujaron el tipo de público frenético reservado para las estrellas del rock en Occidente.
Había muchísima más información, pero no era necesario leer más. Había fallecido el gran poeta ruso Yevgeni Yevtushenko, en Oklahoma, EEUU, y el remezón provocado port al noticia me llevó inmediatamente a dos momentos específicos en que tuve la oportunidad de ver a esa gran figura de la poesía mundial de los siglos XX y XXI.

CASTRO, CHILOÉ, fines de los sesenta.

La primera vez que tuve la oportunidad de ver a Yevtushenko fue en Castro. Cuándo sería realmente no lo sé con precisión, pero imagino que debe haber sido por allá por 1967 o 1968, es decir, cuando aún asistía al Liceo de Castro. Recuerdo que era un día de sol cuando en calle O”Higgins, frente a la casa de mis padres vi caminando lentamente y embarcados en una amistosa conversación a don Pancho Mansilla, conocido comunista castreño, quien vivía en calle Sargento Aldea y tenía su sastrería en calle Blanco, con un señor alto, buen mozo, elegante, con una pinta de actor de cine que debe haber llamado la atención a todo aquel que lo haya visto pasar por las calles castreñas. Me llamó la atención el personaje pero no tuve idea de quién se trataba hasta que alguien más enterado que yo debe haberme dicho que estaba en Castro el poeta ruso Yevgeni Yevtushenko, y para más precision, que se estaba alojando en la casa de don Pancho Mansilla.

Esa fue el breve primer encuentro con Yevtushenko. Varias décadas después, tras publicados algunos libros y con la confianza necesaria para acercarme a esa figura mayor, tuve la oportunidad o mejor dicho, debí haber tenido la oportunidad para encontrarme con él a mediados de la década de los ochenta, pero no se dio. Porque las cosas tienen que ocurrir cuando ellas quieren y no cuando uno las quiere o las espera que así el asunto no tendría ninguna gracia.

FILADELFIA, PENSILVANIA, comienzos de los 90

De modo que el segundo encuentro con Yevtushenko debió a esperar hasta comienzos de la década del noventa, tal vez 1991 o 1992, una información que sería fácil precisar.

Ya estaba dando clases en Villanova University, pero aún era estudiante de la Universidad de Pensilvania, puesto que estaba en el proceso de escritura de mi tesis doctoral, cuando la jefa de mi departamento en Villanova me contó que Yevtushenko estaría todo ese semestre en el departamento de ruso de la Universidad de Pensilvania dando un curso de algo que no recuerdo y que tampoco tiene ninguna importancia para esta nota.

Con la osadía propia de los años jóvenes le pregunté si le interesaba conocerlo y ella me dijo que no sólo quería conocerlo sino que le gustaría invitarlo a dar un recital de poesía en Villanova. Le dije que yo podia hacer el contacto y que viera con cuánto dinero contaríamos para tentarlo. Me dijo que habría que darse la tarea de conectar a varios departamentos para conseguir una suma adecuada para tal personaje y también para hacer una gran publicidad y conseguir un público abundante.

Me contacté con él y quedamos que iría a verlo a UPenn para finiquitar los detalles de la invitación. Aydé, que por esos días estudiaba en UPenn, y yo fuimos a una de sus clases, que eran para el departamento de ruso, pero la daba en inglés por solicitud de la universidad. Escuchamos toda la clase y al final tuvimos tiempo para hablar de Chile, de Castro, de la situación política de Rusia en esos días, y del plan de llevarlo a Villanova. Fue sumamente amable, simpatíquísimo, y allí mismo aceptó la invitación a mi universidad, enfatizando un requisito muy particular. Me dijo “he dado recitales en estadios y plazas de toros, pero nunca he dado un recital en una iglesia católica. ¿Qué te parece si lo hacemos en una iglesia? Sería magnífico informar “Poeta ruso lee sus poemas en la iglesia… de Villanova University”.

A mí me pareció genial y así se lo hice notar a mi colega, que pensó exactamente lo mismo. De modo que a los pocos días le confirmamos que su recital sería en Saint Mary’s Chapel (La Capilla de Santa María).

Después de esto comenzarían alguna tareas mayores. El costo de la invitación era bastante elevado, de modo que hubo pedir dinero a los departamentos de ruso y de inglés, además del aporte de mi departamento y de la universidad. Esto aseguraba cubrir el costo de la invitación, a la vez que también aseguraba una gran difusión y una asistencia tan abundante como esperaba el poeta. Pero estas mismas razones traían consigo otra exigencia, que si iba a haber gente de esos tres departamentos y seguramente público de otros lugares atraídos por la fama de Yevtushenko, el recital debería ser en español, en ruso y en inglés.

Le hicimos saber esto al poeta y él nos respondió que él pensaba exactamente igual. Por lo tanto, nos dijo que le pidiéramos a un profesor del departamento de inglés que tras la lectura de sus poemas en ruso, éste leyera las traducciones de los mismos en inglés, y que sería el mismo quien leería sus poemas en español. No fue difícil conseguir al lector-traductor en inglés, de modo que todo fue marchando sobre ruedas.

Llegó el día y todo el mundo estaba tan entusiasmado como nervioso por la fama de “estrella de rock” del poeta ruso y, por lo mismo, por la expectativa de que pudiera salir con algo muy fuera de programa en esa iglesia y esa universidad poco acostumbradas a recibir a un poeta ruso capaz de decir cualquier cosas sin cuidarse de reglas ni protocolos.

EL RECITAL EN SAINT MARY’S CHAPEL

La asistencia fue multitudinaria puesto que aunque llevaba algo más de un mes en UPenn, esa universidad no había organizado ningún recital público y parece que tampoco lo hizo en el resto del semestre. De modo que era un gran acontecimiento en la zona.

El departamento de inglés eligió a uno de sus más connotados catedráticos para que leyera las versiones en inglés de los poemas de Yevtushenko y todo comenzó con la formalidad esperada por todos. Alguien hizo una elogiosa y muy merecida presentación del poeta e inmediatamente éste leyó un larguísimo poema en ruso, al que siguió la lectura en inglés del catedrático villanovense e imagino que todo el público pensó que el asunto seguiría de ese modo hasta el final.

Lo que ocurrió entonces fue una de las más grandes sorpresas que yo me haya llevado en un recital de poesía. Yevtushenko dice de pronto: “Mejor es que yo recite los poemas en ruso y luego los recite en inglés. O mejor todavía que recite mis poemas en ruso y luego los recite en inglés”. Y así siguió el recital del poeta, recitando de memoria en ruso y en inglés, con el pobre lector-traductor sentado en el escenario sin nada que hacer, excepto escuchar el recital del poeta que acababa de decir que no necesitaba más su participación.

Yevtushenko recitó de memoria sus poemas en ruso, recitó de memoria sus poemas en inglés y terminó recitando de memoria en español su extenso poema titulado “La llave del Comandante” dedicado a Ernesto “Che” Guevara, que escribió directamente en español y que según sabemos, tanto Gabriel García Márquez como Mario Vargas Llosa le pedían que se lo recitara cada vez que se encontraban, y que según él mismo, “El presidente Allende en tiempos muy difíciles cuando los ultraizquierdistas lo provocaban, me pidió que en un recital público para unas tres mil personas, poner como un slogan las dos últimas líneas de este poema: “A la izquierda, muchachos, siempre a la izquierda,/ pero no más a la izquierda de nuestro corazón”.

Domingo, 9 de abril de 2017

Un poema de Yevgueni Yevtushenko escrito directamente en castellano

Me gustaría

Me gustaría
nacer en todos los países,
tener un pasaporte
para todos
que provoque el pánico de las cancillerías;
ser cada pez
en cada océano
y cada perro
en las calles del mundo.


No quiero arrodillarme
ante ídolo alguno
ni hacer el papel
de un ruso ortodoxo hippie,
pero me gustaría
hundirme
en lo más hondo del Lago Baikal
y salir resoplando
en otras aguas,
¿por qué no en las del Mississippi?

En mi maldito universo amado
me gustaría
ser una hierba humilde,
nunca un Narciso delicado
que se besa
en el espejo.

Me gustaría ser
cualquiera de las criaturas de Dios,
incluso la última hiena sarnosa,
pero nunca un tirano,
ni siquiera el gato de un tirano.

Me gustaría
reencarnar como hombre
en cualquier imagen:
víctima de una cárcel de tortura,
un niño vagabundo en los tugurios de Hong Kong,
un esqueleto viviente en Bangladesh,
un pordiosero sagrado en el Tíbet,
un negro de Ciudad del Cabo,
pero nunca encarnar
la imagen de Rambo.
Sólo odio a los hipócritas,
hienas sazonadas en espesa melaza.

Me gustaría tenderme
bajo el bisturí de todos los cirujanos del mundo,
ser un tullido, un ciego,
sufrir todo mal, toda deformidad y herida,
ser un mutilado de guerra,
o el que recoge las colillas del suelo,
con tal de que no las penetre
el infame microbio de la prepotencia.
No quisiera formar parte de la élite,
ni, por supuesto, del rebaño de cobardes,
ni perro de manada,
ni pastor servil al abrigo de su rebaño.
Y quisiera ser feliz,
pero no a costa de los infelices.

Y quisiera ser libre,
pero no a costa de los que no lo son.
Quisiera amar
a todas las mujeres del mundo,
y ser también una mujer
sólo una vez. ..
La madre naturaleza ha menospreciado al hombre.
¿Por qué no lo hizo capaz de ser madre?
Si se agitara un niño
bajo su corazón,
acaso el hombre
sería menos cruel.

Quisiera ser el pan de cada día,
digamos,
ser la taza de arroz
de la sufriente madre vietnamita,
el vino barato
en las tabernas de los obreros napolitanos,
o el tubito de queso
en la órbita lunar.
Que me coman
que me beban,
dejadme ser útil
en la muerte.

Quisiera pertenecer a todas las edades,
atolondrar la historia
y atontarla con mis travesuras.
Quisiera llevarle a Nefertiti
en una troika á Pushkin.
Quisiera multiplicar
cien veces el espacio de un instante
para que al mismo tiempo
pueda beber vodka con los pescadores siberianos,
y junto a Homero,
Dante,
Shakespeare
y Tolstoi
sentarme a beber cualquier cosa,
salvo, por supuesto,
Coca-Cola.
Y bailar al ritmo de los tam-tam en el Congo,
estar en huelga en Renault,
jugar a la pelota con los muchachos brasileños
en la playa de Copacabana.
 

Quisiera hablar todas las lenguas,
como las aguas ocultas bajo la tierra,
y hacer todo tipo de trabajo de una vez.
Me aseguraría
de que sólo fue poeta un Yevtushenko,
el otro un clandestino
en alguna parte,
no puedo decir dónde
por razones de seguridad.
El tercero, un estudiante en Berkeley,
y el cuarto un entusiasta huaso chileno.
El quinto sería tal vez
un maestro de niños esquimales en Alaska,
el sexto
un joven presidente
en cualquier parte, modestamente digamos Sierra Leona,
el séptimo
podría entretenerse en la cuna con un sonajero,
y el décimo,
el centésimo,
el millonésimo…
Para mí, ser yo mismo no es bastante,
¡dejadme ser todo el mundo!
Estaré en miles de ejemplares hasta mi último día
para que la tierra vibre conmigo
y las computadoras enloquezcan
procesando mi censo universal.

Quisiera combatir en todas tus barricadas,
humanidad,
y morir cada noche
como una luna exhausta,
y amanecer cada día
como sol recién nacido
con una suave mancha inmortal
en la cabeza.

Y cuando muera,
un Francois Villon siberiano,
que no descanse mi cuerpo
ni en la tierra francesa,
ni italiana,
sino en la tierra rusa, amarga,
en una colina verde,
donde por vez primera
me sentí todo el mundo.

 

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