Tenía yo seis años y mi madre me llevó al colegio ese luminoso día de Marzo. Iba tomado fuertemente de su mano, asustado y expectante pues ese sería mi primer día de clases en la Escuela Superior número Uno del pequeño pueblo chilote de Castro. El tenue rumor del aire marino llenaba las calles semidesiertas del pueblo, y nuestros pasos sonaban huecos y secos contra la calle polvorienta. Aunque estaba repleto de miedos, no podía dejar de admirar el maravilloso cielo azul de ese día y mis pantalones cortos no impedían la llegada de la frescura del aire a mis desnudas piernas, cuyos pies metidos en sendos calcetines blanquísimos, iban cubiertos de un par de zapatitos de charol, que le habían quedado chicos a una de mis hermanas mayores.

 
Era tal vez una de las pocas veces que usaba zapatos y los pies me dolían, pero estimé que “eso debería ser así” y no reclamé una sola palabra a mi madre. Ella –mi madre- había puesto en el ajado bolsón, que había sido de uno de mis hermanos mayores, un pequeño cuaderno de 40 hojas,”de copia”, una goma y un lápiz convenientemente afilado con una hoja de afeitar. Mi padre había puesto además –como en un descuido- un afilador de lápices, de esos que se giraban y que producían una lámina interminable de madera, que siempre me pareció semejante a las alas de una mariposa. El afilador –que ya era para mi un orgullo- iba dentro de una cajita de madera con tapa corrediza, en cuyo interior, iban además, unos lápices de colores que me había regalado mi hermana Toyita. 
 
Ir al colegio, era atemorizante para mi, pero era a la vez un desafío que esperaba cumplir a cabalidad, a pesar del temor que me inspiraban los niños de cursos superiores, especialmente los chascones de pelo negro y gruesos labios, que siempre me dieron la impresión de ser agresivos y buscapleitos. 
 
En la puerta del colegio me recibió un simpático profesor, de unos 30 años en ese entonces, de pelo trigueño y ojos risueños. Habló con mi madre algunas palabras mientras me acariciaba el pelo. Su sonrisa franca y su amabilidad fueron dos gestos inolvidables de bienvenida. Supe más tarde que él era el “Maestro César” ( César Vera Werner). Mi madre se despidió de mi con un beso en la frente y me señaló que avanzara por un largo pasillo hasta llegar al patio del colegio. Había ventanales altos y los pasos sobre las baldosas sonaban bruscos y retumbantes. Había mucha luz que emanaba de los ventanales y en el patio se oía el bullicio de los niños mayores, correteando, gritando, riendo, en un tumulto imposible de entender. Traspasé temeroso el dintel de la puerta que daba al patio. Bajé una escalerilla de dos peldaños y me detuve al lado de una pileta de piedra, desde cuyo centro superior emergía un chorrito de agua. Dos niños mayores se turnaban –jugando- para beber una bocanada de esa agua cristalina. Más allá había dos o tres piletas similares. A mi derecha y sobre las baldosas, había una especie de tina cuadrada y baja, de piedra o de cemento, con una llave en uno de sus costados. Supe más tarde que era para lavarse los pies. Los niños deberían sentarse en los bordes y abriendo la llave, proceder a la limpieza, antes del ingreso a clases. (*). 
 
(*) En el año 1955 –el año de esta historia- la mayoría de los niños acudían descalzos a la escuela, y era habitual que en el trayecto por calles y caminos barrosos, ingresaran al colegio con los pies sucios. También era habitual, que las señoras procedentes del campo, pasaran a lavarse los pies en alguno de los chorrillos a la entrada del pueblo, y entonces calzaran los zapatos destinados sólo a transitar por sus calles, o calzarse los zapatos, sólo a la entrada de la iglesia para retirarlos inmediatamente después de salir de ella, una vez escuchada la misa. 
 
Alguien hizo sonar la campana y al instante fuimos llamados a viva voz por la profesora del curso, mientras nos iba formando en orden de estatura, de dos en dos. Ella- nuestra profesora- era la Sra. Baldramina Vera, quien nos enseñaría las primeras letras. Tenía una voz potente –sin duda-. Mi madre decía que su voz se escuchaba a una cuadra de distancia del colegio, cuando tenía las ventanas cerradas, y a dos cuadras cuando las tenía abiertas. Y esa voz aguda e intensa mantenía al grupo de niños de 6 años en permanente atención. Usaba también un puntero para señalar algo en el pizarrón, y una regla larga de color verde, pero no recuerdo que haya alguna vez usado tales instrumentos para castigar o golpear a algún niño. Su trato era cálido, amoroso, su voz se tornaba más suave y ronca cuando se acercaba a cada niño para comprobar o corregir lo escrito en el cuaderno. Ella misma se dio el trabajo de forrar con papel madera brillante, cada uno de los cuadernos de sus alumnos y apuntar un título en dos colores, rojo y azúl, con el nombre del alumno y el curso (Primer Año A), con motivo de la exposición de finalización del año escolar. Recuerdo su sonrisa de satisfacción cuando –al término del año- sus niños estaban formados con su mejor uniforme, y esperaban el inicio del acto académico con las palabras del director Sr. Mirandini: todos los alumnos del curso habían sido promovidos a Segundo Año. Así rezaba la Libreta de Notas, que –orgullosos- llevamos ese día de Diciembre a nuestros padres. La profesora había llevado helados para cada uno de nosotros y nos había regalado sendos gorritos de colores como aquellos usados en los cumpleaños. El día de término del año era tan luminoso como el día del inicio de clases. Había pasado ya el mediodía cuando volvía del colegio con mi bolsón de cuero que había sido de uno de mis hermanos mayores, dentro del cual llevaba mi hermoso cuaderno forrado con amor por la Sra. Baldramina, los lápices de colores, la goma ya empequeñecida de tanto borrar y borrar, y esa cajita de madera de tapa corrediza, que contenía los lápices de colores que me había regalado mi querida hermana Toyita… caminaba por la Calle San Martín, sonriendo, felíz y orgulloso ¡ Ya había aprendido a leer! El sol era hermoso, el cielo azúl, el aire diáfano traía desde el mar, los aromas salinos de los océanos y mientras caminaba hacia mi casa, el bullicio alegre de los niños se iba perdiendo en la lejanía –como estos recuerdos- entre las calles de mi añorado pueblo de Castro. 
 

Dr.Medardo Urbina Burgos. Ex alumno de la Escuela Superior Número Uno de Castro

 
 

 

 

 

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