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Quien haya crecido en Chiloé antes de la década del sesenta del siglo pasado, en el seno de una familia católica o sumamente católica como acostumbraba a ser por entonces, no olvidará fácilmente o tal vez nunca habrá de olvidar lo que eran esos días tristes en que el mundo, nuestro pequeño mundo local e isleño, se volvía otro, más triste aún, más gris, más lento, más silencioso. Tantos “más y más y más” relacionados con tristeza y pesadumbre que sería largo contar y recordar.

Cómo olvidar esos días angustiosos o “Las Siete Palabras” que el niño que uno era entonces no atinaba a entender, pero que la profunda voz del sacerdote desde el púlpito hacía resonar en nuestra caja torácica como si fuera un instrumento recién creado en el que se enseñoreaban esas dolorosas sonoridades que repletaban la gran nave central de la iglesia. Las siete palabras, es decir, las siete últimas frases de Cristo antes de morir, eran escuchadas con el mayor respeto por los fieles que atestaban el templo y, asimismo, sufridas injustificadamente por los pequeños que apretados entre esa multitud no entendían nada de nada, excepto que se trataba de algo tremendamente doloroso, en lo cual todos teníamos nuestra cuota de culpa: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lucas, 23: 34); "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas, 23: 43); "Madre, he ahí tu hijo ... hijo, he ahí tu madre" (Juan, 19: 26-27); “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado" (Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34); "Tengo sed" (Juan, 19: 28); "Todo se ha cumplido" (Juan, 19: 30); y la frase final dirigida al Padre de los Padres: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas, 23: 46) resonando en nuestras orejas “Pater in manus tuas commendo spiritum meum”, mientras nosotros, pobres pequeños inocentes agarrados a las manos de nuestra madres no entendíamos nada de nada, y sufríamos nuestro miedo atormentados por el calor de ese espacio atiborrado, por esas palabras tan hermosamente sonoras como incomprensibles que sonaban a culpa y a castigo, y por la dolorosa imagen de Cristo ensangrentado en la cruz.

Esas imágenes se han mantenido presentes en mi memoria por todo el medio siglo transcurrido desde esos primeros recuerdos. Y con esa misma persistencia, cada Semana Santa se me allegan también algunas palabras, mínimas, humildes y sencillísimas, de las cuales quiero compartir las escritas en 1999, 2004 y 2007, en conmemoración de esta fecha sagrada del mundo cristiano.

SEMANA SANTA DE 1999. TARDE DE VIERNES SANTO EN HAVERTOWN, PENNSYLVANIA

Oigo pasar el Viernes Santo en el patio de mi casa
Pasan grandes aviones comerciales trazando una estela magnífica
Que las nubes blanquísimas dejan apenas ver a medias
El viento de abril pasa como una caricia en este Viernes Santo
Inundando el patio de mi casa en Havertown, Pennsylvania
Con la música de unos tubos de aluminio Que cuelgan en la pared trasera del comedor Mi perro escucha el trino de las aves
Y piensa en lo hermoso que sería volar como las aves
Ni Beethoven ni Mozart’ --parece decirme
‘No cambiaría el trino de estos pájaros ni por la Orquesta Filarmónica de Philadelphia
En sus mejores noches’ --creo que es lo que piensa
Pasan los pájaros sobre mi triángulo de cielo pagado mensualmente por treinta años
Igual que los aviones que van o vienen de Nueva York o Washington D.C.
El Viernes Santo sigue pasando minuto a minuto
Y es como si Cristo, el hombre Cristo, todavía siguiera clavado en la Cruz
Viendo escapársele la vida gota a gota
Los pájaros se han silenciado por un momento Y siento un extraño dolor en el costado
‘Es la vida’ --me digo
‘Este dolor no es más que la vida’ --me repito En cualquier triangulito de cielo pagado en eternas mensualidades
Mi perro escucha el ruido de otro avión que se aleja hacia un destino
Que desconocemos
Un cardenal rojísimo se balancea en la punta de un pino
Como si acabara de nacer y ése fuera el único lugar seguro del universo
‘No es Cristo’ --me digo-- ‘¡pero es que lleva plumas del color de su sangre!’
Es Viernes Santo y los vehículos pasan por la calle como cometas sin destino
Los televisores no muestran ni una sola cruz, sólo balas y bombas y besos de libreto
Ni una mención a una muerte ocurrida hace ya dos milenios
(Y es como si hubiera sido hoy)
Nadie parece ver esta imperturbable Vía Dolorosa
Donde tropezamos y caemos, tropezamos y caemos
En el almacén de la esquina
Los hombres hacen cola para no perderse su oportunidad en la lotería del domingo
(El paraíso más próximo)
Mientras el Hijo del Hombre, sediento y medio muerto, sigue atado a su cruz
Esperando el tiempo feliz de la Resurrección En un Paraíso que imaginaba ya completamente pagado en dos largos milenios.

JUEVES SANTO, AÑO 2004

Jueves Santo del año 2004. La lluvia ha caído sobre Havertown, Pensilvania, como si fuera el abril que es, en un Chiloé que no es. Ayer nos sentimos de verdad en primavera, una primavera que aún no se decide a llegar o que aún no se atreve, como si este lugar del mundo estuviera lleno de miradas y palabras hurañas. Lo cierto es que la buena y primorosa primavera nos mira desde lejos. Nos ojea y da vuelta la espalda tan pronto se la ve.

Ayer aprovechamos de pensar el jardín-huerto- espacio de descanso. Digo pensar más que hacer porque aunque algo hicimos, el pensar fue más largo y ha seguido extendiéndose hoy, el día completo, mientras la lluvia y la llovizna enverdecían el pasto llenándolo de asombro y más verde. La cadenciosa voz de Cesaria Evora llega volando a pata pelada desde living.

Jueves Santo del año 2004 y parece que fuera el año 2003 ó 1999. La mañana comenzó con Condoleeza Rice respondiendo por más de dos horas inquisiciones sobre cuánto sabía y cuánto no sabía su gobierno sobre la peligrosidad de Al Qaeda y de Osama Bin Laden antes de aquel 11 de septiembre. La mañana también se llenó de otras imágenes más violentas aún: enfrentamientos y muertos y tanques, y humo y más humo cubriendo la sangre y el odio desparramado como inundación de invierno, por la atormentada tierra de Irak. Tres japoneses condenados a morir si en tres días su país no retira las tropas que tiene apostadas en Irak. Condenados a morir transformados en piras humanas. La violencia y la inhumanidad abonando más violencia y más inhumanidad en este planeta cada día menos humano.

El año pasado, en esta misma fecha y en ese mismo país, los bombarderos ennegrecían el cielo como nubes de moscas, y las bombas caían por todas partes como millones de cagadas de pájaros gigantescos, oscuros y rabiosos. Pero esos millones de cagadas a granel no abonaron la arena para la paz ni para la vida. La violencia y la inhumanidad de este trágico día no es más que otro producto del abono nefasto lanzado por aquellos aviones y aquellas bombas.

En 1999 el siglo se despedía -- comenzaba a despedirse – a empujones, tratando de hallar una pasada segura entre los vuelos de otros bombarderos, entre las humaredas de otras bombas, entre los pobres cuerpos muertos de seres de otros pueblos, entre las mil caras de la violencia de los mismos humanos que nunca se satisfacen del todo en el aprendizaje y la práctica de la violencia contra otros, como si no fueran sus humanos-hermanos, y como si esos otros no fueran ellos mismos mirados en el difuso espejo de la vida.

Jueves Santo. El dolor se ha acostumbrado a llegar antes en estos días de dolor. Pareciera que de tanto acompañarnos, ese sentimiento que clava y golpea se ha encariñado con el género humano y éste le ha retribuido con tanta gratitud que ha terminado mimándole como a la mascota preferida.

Jueves Santo. El dolor no se cansa de abrir y cerrar su círculo una y otra y otra vez como una llovizna a la que terminamos por acostumbrarnos.

LA SEMANA SANTA DE MIS NIÑECES

Se viene de nuevo la Semana Santa; la Santa Semana de mi vida niño. Las calles mojadas de cabo a rabo, la humedad parloteando su parloteo inacabable hasta en las galaxias más desconocidas de la memoria; la humedad empapando paredes y papeles, tiñendo las roídas ventanas de nuestra vivienda de calle San Martín a unos pasos de la iglesia de las monjas.

Ah, Semana Santa de mis niñeces de pueblo chico y de calles silenciosas y semivacías. Silencio y temor. Temor. Silencio y más silencio hasta oír el respiro del mar quieto y del cielo y sus nubes. Todo el pueblo en silencio. Todas las calles mudas, enmudecidos los transeúntes.

El mundo es silencio, el pueblo es silencio, el archipiélago entero esparcido en los mares de Dios es completo silencio.

Hasta los pájaros parecen habernos abandonado.

***

Las altas torres de la iglesia franciscana estiran su cuello hasta tocar el cielo. Hurguetean adentro de ese cielo que se ha vuelto tan bajo a causa de las nubes que todo lo cubren con su poncho de güiñi. El silencio se extiende hasta volverse eterno. Soy un niño temeroso obligado a cerrar la boca y acallar el pensamiento en estos días sagrados. Es pecado silbar aunque sólo sea para imitar a un pájaro. Es pecado cantar. Es pecado también escuchar música o tararear una canción aunque sea nada más que para alegrar el alma tan entristecida por la abrumadora opresión del silencio. Se debe ir por las grises calles solitarias, triste, triste; derramando tristeza como lágrimas o respiros de humedad. Borbotones de humedad y vacío, derramando una pegajosa tristeza de la que es imposible escapar.

***

Las torres de la iglesia franciscana orgullosas nos miran desde arriba. Imagino que Dios se entretiene mirándonos desde esas torres puntiagudas igual que las ancianas copuchentas cuando pasa algún desconocido. No hay sonidos de campanas ni “Venid y vamos todos/ con flores a María” que hasta María ha sido cubierta con tristes trapos morados. Morada me parece la morada de Dios y la morada nuestra en estos días. Esta noche o mañana desclavaremos al Cristo sangrante que después de recorrer en andas por todo el pueblo silencioso volverá a la vida. Tal vez entonces se nos entregará de nuevo la llave de la risa. Tal vez entonces volveremos a reír, volveremos a escuchar las campanas llenando la plaza de sonidos que volarán como los pájaros y llegaran a posarse a nuestros oídos. Tal vez entonces, yo y mis seis años, podremos volver a tararear cualquier corrido mejicano. Y no tendré que temer, ni confesárselo al cura. Y hasta he oído que no será pecado.

***

Sordas suenan las rasposas matracas llamando a la continuación del rito. De todos lados llega la multitud que se apiña en las naves de la iglesia. La iglesia entera es una nave que enfila hacia el puerto que todos buscan, pero no hay ningún capitán que conozca el rumbo exacto, ni la hora ni el punto de llegada.

***

“Perdó-on, Oh Dios mío. / Perdó-on, indulgeencia. / Perdón y clemencia. / Perdó-on y piedad.” Pobre de mí, pecador casi sin edad, que sabía de la omnipotencia de Dios sin entender esas palabras maravillosas y castigadoras que entraban por mis orejas de puertas abiertas y que repetía con unción como si su puro sonido me llevara de la mano por la vida y mi viaje prometiera ser más seguro y tranquilo que el que me llevaba cada noche de la cocina a la cama de mi oscura pieza.

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Gente en la conversación

  • Hermosos recuerdos de la infancia y de la forma profunda que se vivía ( ¿Y se vive ?) los dolores de Cristo en la Semana Santa en el Archipiélago de Chiloé, donde los religiosos de la Compañía de Jesús sembraron de isla en isla desde 1610 hasta 1767 el espíritu de la fé católica entre los naturales.

  • Al anochecer de aquellas tardes grises, encapotadas, silenciosas y tristes, solía escuchar a la distancia desde mi casa de Piloto Pardo en Castro, el misterioso y rudo sonido de las matracas (las campanas de la iglesia permanecían en silencio) y sólo las matracas invitaban a los fieles a la misa.

  • Apenas tuve uso de razón escuché la matraca por primera vez y me asomé por la ventana de la calle descorriendo la cortina. ¿Qué será ese extraño ruido? Esperé para saber de dónde procedía. Se acercaba a veces o se alejaba. Surgieron desde las sombras dos curas franciscanos activando la matraca.

  • Pasaron frente a mi casa haciendo tronar ese armatoste de madera y badajo. Vislumbré las sotanas de color café y las grandes capuchas de los sacerdotes, atadas con un cordón blanco por la cintura. Iban en silencio, ¡Ni una palabra! Los seguí. Se perdieron tras la casa de Don Tobías Triviño.

  • Los sacerdotes iban hacia la calle Pedro Montt, hacia "Puntechonos" llamando a misa de Viernes Santo. El tronar de la matraca -traca-traca-traca-traca- quedó retumbando en mi cerebro, en mis pulmones y en cada fibra de mi escuálido cuerpo de niño hasta que la calle se llenó nuevamente de silencio.

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