Fue un notable profesor en la Universidad de Concepción a mediados del siglo XX. De ascendencia inglesa por parte de ambos progenitores, recibió desde muy temprana edad una educación magnífica, caracterizada por el esmero, la corrección en todos sus aspectos y la orientación hacia las Artes y las Letras. En Concepción fue uno de los fundadores del Grupo de Teatro de la Universidad de Concepción (TUC), de notable desempeño y de impactante influencia en los jóvenes de la época. Del TUC surgieron al estrellato los hermanos Duvauchelle, que bien entrados los años del siglo XX brillaron en el difícil terreno de las artes escénicas de este país y en el extranjero.

Edward Hyde, a quien llamaban simplemente “Boy”, fue uno de sus maestros.

El talento de Hide no se limitaba al Teatro. En efecto, sus profundos y serios conocimientos de obras pictóricas de museos, su acabado conocimiento de la arquitectura, de la escultura y muy especialmente de la porcelana china, le llevaron a ser consultor de importantes museos y galerías de arte de renombre mundial. Por estos hechos, viajaba frecuentemente al extranjero por motivos profesionales, visitando los más importantes museos de las principales ciudades del mundo. Esa es la explicación del tesoro bibliográfico acuñado en su domicilio en la vecina ciudad puerto de Coronel.

En su magnífica biblioteca atesoraba –entre otros- libros del siglo XVIII de enorme valor, y colecciones de variada naturaleza, especialmente de las artes que a él más le cautivaban. Ingresar a su casa habitación era para ver en cada una de las paredes, interminables anaqueles con libros y más libros que él devoraba cada día tanto para las clases que él impartía en la universidad, como para su formación personal. Era poliglota y por tal motivo su biblioteca contenía ejemplares escritos en varios idiomas, especialmente inglés, su lengua materna.

Un respetable y muy cercano amigo de Don Edward –como a él le gustaba llamar- contó que a él le llamaba la atención el dormitorio del maestro; dotado de tantos artefactos, telas, velos y colgantes y de una cama que parecía sacada de aquellas películas de la época de la reina Victoria. El lugar era solemne, de una pulcritud de toda prueba, donde todo relucía impecablemente por la asidua preocupación del personal a su servicio. Don Edward nunca se casó aunque solía vérsele rodeado de hermosas damas de la sociedad penquista las cuales sentían por él un genuino aprecio y admiración.

El viaje a Japón

Nuestro admirable profesor solía vestir muy bien, equilibrando la simpleza con la elegancia de todo buen inglés. Su estatura y distinguida estampa le impedían pasar inadvertido cuando transitaba por las calles de la ciudad. Un día de lluvia, una de sus admiradoras lo vio cruzar una calle céntrica y lo abordó. Don Edward lucía un impecable impermeable y un paraguas que había traído de algún lugar del mundo.

--¡Señor Hyde! Le dijo la dama… ¡Qué bien se ve usted con ese impermeable!
--¡Ah!..¡Si! ¡Gracias! … Lo compré en El Japón. Dijo Hyde.
--¡En el Japón señor Hyde! Y…¿Cuándo viajó Ud. al Japón?

Y sin esperar respuesta agregó:

-- Lo invito esta tarde a mi casa a tomar el té con mis amigas, y entonces Ud. nos contará sobre su viaje al Japón. ¿Qué le parece?

Tomado por sorpresa ante tal ofrecimiento, el Sr. Hyde no tuvo más que asentir, sobre todo porque era un excelente conversador y las bellas damas solían agasajarlo con deliciosos manjares a la hora del té… y él –digámoslo directamente- se dejaba querer por estas hermosas damas que venían a llenar agradablemente sus horas de hombre solo, soltero y alejado de sus familiares más cercanos.

Aquella tarde transcurrió agradablemente. Las damas estaban fascinadas con las completas e interesantes respuestas del profesor a sus numerosas preguntas sobre Japón, país que él conocía personalmente pero más bien por las informaciones contenidas en los libros. Al término de la tarde las señoras estaban encantadas con el supuesto viaje a Japón y se despidieron de él comprometiéndolo para futuras reuniones de la misma naturaleza.

Caída ya la noche, y mientras el brillante profesor caminaba rumbo a su casa, no podía sujetar la risa de complicidad, pues él había seguido el juego de preguntas de sus anfitrionas y nunca les dijo a las hermosas y amables damas, que si él había visitado alguna vez ese lejano país, había sido hacía ya unos 20 años y que la realidad era que “El Japón” al cual él se refería, era un pequeño negocio de la calle Maipú en el que él había comprado el llamativo impermeable.

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