Comentario: José Teiguel Teiguel

Rodolfo Urbina: El Regreso A La Geografía De Los Afectos

“…Cierra ese libro padre.
no nos enseñe el mar de los griegos
guarda tus mapas de ciudades
y reparte luego esas manzanas,
que tú has sido y serás siempre
el historiador de nuestras huertas…”

(Nelson Navarro Cendoya)

“Que lata no haber tenido en mis tiempos un profesor de Historia como Rodolfo Urbina. Qué mala pata que aquello no ocurrió en los mejores tiempos en que la tierra nativa es la segunda piel que uno posee”, tal vez afirmaría hoy uno de esos cabros nuestros, de los que se duermen en plena clase sobre las tapas de un libro de Historia publicado por cualquiera de esas conocidas editoriales que se pelean las licitaciones del Ministerio de Educación, no para dar a luz libros enjundiosos sino para publicar tediosos textos que llenan de datos el cerebro del cabro y en cambio no le aportan un solo latido a su corazón.

Una historia, por más local que ella sea, se hace imprescindible cuando el lenguaje es fluido, ágil, inteligente, y además renueva lazos con el pasado, lazos verdaderos y profundos.

De seguro el autor no sabe que cuando comencé a leer su libro, la lectura me llevó a ficcionar más allá de los propios textos estructurantes que daban cuenta de la década de los cuarenta de ese Castro que no conocí pero que sin embargo me lo imaginé, sentado junto al fogón donde mi abuela Ermerejilda cocinaba sus tortillas al rescoldo. Me lo imaginé en la quinta de la casa bajando manzanas febreras, para las visitas que se dejaban caer los días domingo. Me imaginé lo camino a la ciudad, para comprar, de la mano de mi madre, la ropa de fábrica, donde don Demetrio Cárdenas, en la bajada de Calle Blanco.

fragmentosdelacotidianeidaddeloschilotes

Por lo que acabo de expresar, no es fácil, entonces, realizar un comentario del libro de Rodolfo Urbina, sin colocarme la camiseta de mi lugar de proveniencia, que es mismo lugar aludido en esta crónica. Tendría entonces, yo, a fuer de escaso genio y de redundantes palabras, que cogerme de los versos de nuestro gran Gonzalo Rojas, dedicados a Floridor Pérez, y decir –parafraseando y no plagiando- a la manera del poeta de Lebu, por ejemplo, que “Me ha conmovido este Rodolfo Urbina. Con fogones y lanchas me ha hecho descansar a la orilla del calor, me ha hecho navegar. Me ha hecho reír Castro adentro, y de la mano me ha conducido por sus calles, me ha introducido en los negocios de entonces y en las maletas de los viajantes he andado rumbo al sur y de vuelta otra vez en el puerto me he maravillado de ser del lugar que nos es”. Sin embargo, pensándolo bien, sería demasiada directa esa comparación, demasiado lirismo, “mucho caullo (tallo) y escasas papas”, como diría mi abuela, si estuviera viva leyendo las líneas de “FRAGMENTOS DE LA COTIDIANEIDAD DE LOS CHILOTES, CASTRO 1940, 1949”.

Recurro a mi abuela materna y ésta viene en mi auxilio a través de las palabras de mi madre, compinche de la lectura del libro de Rodolfo Urbina. Mi abuela materna vivió esos años descritos por el historiador, e incluso a finales del año 1949, según afirma mi madre, la primera estufa que hubo en mi casa de Nercón, una estufa de soberano latón negro, al parecer fabricada en el mismo Castro, llegó hasta mi casa, vendida por don Carlitos Urbina, “El hombre que hacía los caminos y que gustaba mucho de las ensaladas de habas y arvejas fresquitas de la estación”. En otras palabras, no soy el individuo objetivo para describir este libro pues de antemano ya he tomado partido, si es que ese es un pecado. Más ¿quién no puede tomar partido por un buen libro?

Hermoso el libro de Rodolfo, hermoso y sencillo, de ese lenguaje sencillo que se torna honesto y profundo pues la semántica que se desprende de él es eso: la sencillez, no la simplicidad. Hermoso además porque reivindica y visibiliza con prestancia lo que llamamos intrahistoria, esa zona donde ocurren los hechos que la historia oficial muchas veces no se interesa en recordar o no asiste con su ojo clínico pues lo considera aserrín de poca cuantía. Y Urbina le entrega razón de ser a estos guiños aparentemente de diminuta realidad, a veces en la faena de un botero, unos varales nombrados como al pasar, unas carretas cargadas con frutos de la estación o unos cortes de luz que impedían que los héroes de las películas le dieran el beso en el the end final en medio de la pantalla, a la rubia muchacha que posaba en blanco y negro.

rodolfo urbinaPor lo mismo, cualquiera que no vivió está época podría pensar que este libro está escrito por un fabulador que introduce su tema con las trazas de la ciudad, la descripción del plano damero, para después salirse con la suya y comenzar a describir el rico paisaje humano de Castro y sus alrededores, pero no, todo cabe en el acto de hacer comparecer el testimonio propio e investigado, hasta convertirlo en documento escrito, puesto que Urbina, mejor que nadie sabe que la oralidad no se basta por sí misma.

Es sabio este Rodolfo, es viejo zorro. Creo que a él le va muy bien ese dicho de que “el perro viejo ladra echado”, en otras palabras, con la sencillez propia que dan los años, se entrega con humildad a la tarea de traernos de vuelta esta recreación que posiblemente ningún otro historiador de la zona lo efectúe con el rigor que nuestra contemporaneidad lo requiere. Un documento imprescindible, por tanto, y de buena y verdadera fuente, para sintetizar esos diez años del Castro de los cuarenta. Y con esa verdad se reconstruyen, evitando la innecesaria glosa histórica, sucesos y personajes que forman un mapa que a ratos limita con el intimismo y la emocionalidad de quien transitó por esas líneas antes de escribirlas.

En el caso de Rodolfo Urbina, la crónica funciona de manera ágil y amena sosteniéndose sobre el piso siempre oportuno del testimonio cercano, el documento de la época, y su propia impresión de niño en aquellos años. De esta manera el imaginario social constituido por el colectivo de aquellos que aún viven y formaron la vida joven de ese entonces, pueden, en este regreso de Urbina, ofrecernos señales luminosas de esa época. Por ello, me atrevo a afirmar que desde esta perspectiva, el libro ha sido escrito para informar, pero sobre todo para compartir.

En este punto debo reconocer que es posible que me equivoque pues no soy un buen leedor de Historia, a lo más soy un consultador de la misma cuando ciertos datos me retrotraen o me entregan visiones de una cultura ausente, y esos vestigios son nota imprescindible para la fabulación. Tal vez por eso mi visión intimista que puedo proyectar a partir de esta lectura, siempre fragmentaria, donde la radio Llanquihue sigue sonando, el cine continúa esperando por la próxima función y en la plaza otro anuncio musical nos trae las canciones de entonces, con la voz de Jorge Negrete o Pedro Infante. Eso es, a no dudarlo lo que me atrajo de esta lectura, pues el texto todo no intenta funcionar a la manera como pretende instalarse la llamada literatura histórica que se autodenomina “de defensa del patrimonio local”, la que finalmente suele terminar justificando una especie de discurso reaccionario, una manera conservadora de ver el mundo antiguo como el beatus ille, en definitiva, una vía donde existen los salvadores de las culturas, como si éstas por si mismas no tuvieran el poder de defenderse y a la vez irse transformando, a veces de manera natural.

Por ello reitero que a mi juicio Rodolfo Urbina, en la gestación y estructuración de su libro establece un doble movimiento, el de informante y sobre todo el de recuperador y regresador a lo que podemos llamar “la geografía del afecto”. Lo anterior ya lo evidenciamos en el comienzo de este comentario, a Urbina no solamente parece importarle el regreso físico a un tiempo anterior, de la década de los cuarenta, tampoco, al modo de algunos poetas de nuestro país, interviene el espacio llamado Castro (e intermitentemente el espacio de Chiloé) como una especie de arcadia prendida de los colgajos de la memoria, a la que se debe volver con su cuota de ensoñación y su cuota de nostalgia por el tiempo pasado. Más que eso, Urbina recrea y nos recrea a nosotros, la vuelta a la geografía de los afectos estableciendo de manera muy marcada, que a partir de ellos se puede crear el resto, las políticas gubernamentales, el desarrollo local, la fisonomía de un colectivo cuyo asentamiento oscila entre la fisonomía de seguir siendo un pueblo alejado de la paternidad centralista, o una ciudad que comienza a despegar en medio de la isla a pesar de los pesares.

Como proyección de esta forma de hacer historia, el segundo factor meritorio del libro de Urbina es el establecer una descripción a ratos muy parecida a lo real maravilloso garciamarquiano, tan utilizada y reconocida durante los años setenta u ochenta en una de las corrientes más sobresalientes de la novela latinoamericana, y en donde las personas y los personajes nombrados por Urbina, poseen la calidez y la capacidad de involucrarse en planos parecidos, de interactuar en una especie de encuentro mágico, de tal manera que en esta huerta pródiga de nombres, oficios y formas de ser, es tan significativo Chimilín, un hombre que llega a Castro a hacerle propaganda a una marca de cigarros, como la escuela de los Padres Alemanes. Es tan imprescindible Pilchita Oberreuter, como Errol Flyn, Jack Palance o Gary Cooper, y además, tan importantes para el castreño, y para él como historiador, son las noticias de la radio Belgrano, como ese personaje conmovedor que da pie para una novela, el ciego (Mañao) que después de pedir limosna, pasaba al negocio de don Custodio Trujillo y le preguntaba “¿On Custodio, tienen velas?”.

Pero también hay lugar para los trajes maravillosos, las veladas, la fiesta de la primavera y las nalcas, la troya, el trompo, los partidos de fútbol de Castro versus Ancud, momentos que para cualquier otro historiador son simples hechos para sumar al modus operandi de la historia mayor, pero que no se cuentan con el afecto con que lo hace Rodolfo Urbina. Debe ser que los historiadores tienen la más larga memoria y al igual que los oidores de la cultura Huayú, son necesarios para refrescarnos la memoria en los tiempos en que ésta no es un artículo de primera necesidad. Convertir en documento lo que no está, lo que es invisible pero a su vez es un poderoso instrumento para ayudarnos a seguir caminando, en eso consiste el trabajo de Rodolfo Urbina. Y ese solo y grandioso gesto se le agradece.

Por lo pronto, somos todos los personajes que aparecen en el libro de Rodolfo Urbina, pero por sobre todos, somos Mañao, el ciego colectivo que después de la jornada se pregunta se hay velas, se pregunta por la existencia de la luz.

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  • ...y así le veíamos perderse tras alguna esquina del pueblo, con su ya ajado sombrero, un viejo paletó, el cuerpo algo inclinado por el peso del tiempo y el bastón inquisidor de piedras, hoyos tapias y paredes. Aunque no veía nada, parecía conocer mejor que nadie, los recovecos del pueblo de Castro.

  • Le vimos luego deambular por las calles del pueblo, tanteando el camino con el extremo de su bastón de roja luma. Sus ojos opacos...sin luz, y sus andar vacilante. ¡Hola mañao! le saludábamos con cariño y comàsión al pasar. recionocía nuestras voces y respondía el saludo con una sonrisa...

  • Mañao había llegado a Castro, procedente del área rural. Picaba leña en las casas del pueblo. Era amable y cariñoso, de hablar pausado. Mi madre le servía desayuno junto a la estufa a leña en días de invierno...conversaban de las cosas de la vida. Un día un palo le dió al entrecejo y quedó ciego...

  • ¡Fantástico! el comentario de José Taiguel. Desmenuza, profundiza, recuerda, rescata, compara los vericuetos y contenidos de esta hermosa obra de Rodolfo Urbina e invita con su magnífica prosa a desear leer el libro. ¿Cómo se vería Chimildin allá arriba a unos 4 metros de altura sobre sus zancos?

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