Medardo Urbina Burgos 
Una pasión por la libertad

Como “El hombre del San Pedro” llamé, alguna vez, a Medardo Urbina Burgos (1). No fue porque ignorara su nombre sino que los vivientes de allí, el extremo sur de la Isla Grande –Yatac, Isla de San Pedro, Fiordo de Huandad...–, no entendían el tiempo desde un calendario, sino desde el “antes” o el “después” de cuando “un hombre” subió a la cima del cerro San Pedro. Uno decía: “fue después que vino ese hombre”. Otro: “Antes de aquel hombre, esa montaña era un puro misterio”. Y el hombre ese, el que dividía el tiempo, era Medardo (2).

No fue raro tal encuentro con el autor. Casi es el modo natural de encontrarse con él, desde la revelación de un tiempo y de lugares cuasi míticos que, en Chiloé, Urbina reinaugura a punta de excursiones y búsquedas que ya no son “útiles” ni comunes a un isleño ni a nadie.

No lo conozco personalmente. Lo que conozco, nítida, es la narración que hizo de su ascensión a la cumbre del San Pedro; conozco su descripción de dos especies de plantas carnívoras; leí su derrotear por el secular sendero que desde la Piruquina lleva “al Pacífico”, al Abtao (3), cruzando por alerzales, turberas y dolores. Y lo sigo conociendo, del mismo modo, cuando describe tortugas, lagartos y cavernas que nunca antes habían sido puestas al servicio de la literatura ni del misterio que tanto amamos. ¿Qué habrá en la cumbre de la Piedra de Calto? El lo sabe. Es tan pública su audacia y su regalo que no es necesario conocerlo; al menos, me sucede que lo encuentro por todas partes, pues es un entrometido en la felicidad de otros.


Sus numerosos escritos hacen su más fidedigna carta de presentación. El viaje es su método y lo que da sentido espontáneo a un generoso y elocuente modo de ser. En medio de la montaña, Urbina es audaz, nunca osado. Intenta y jamás atropella, no invade. En lo profundo de una caverna prehistórica, en Talcán, sereno, desde unas osamentas y huellas en el piso, no se permite el atolondramiento cuando reconstruye los miles de gestos –dolorosos y alegres– que allí vivieron unos hombres que hoy, revivificados, renacen en compañía del que se negó a desaparecer de la vida sencilla y difícil.

Y ahora las Desertores. El archipiélago que alguna vez fue llamado Las Desiertas. Claro, es que allí, hasta hace muy poco, históricamente no vivió nadie y, por lo mismo, no fue tocado por algún aura civilizatoria que le diera nombre colectivo a esas ocho colinas acuáticas, postrer refugio de Ten-Ten. Ni la Misión Circular, aquel “maregrinaje” piadoso que los jesuítas hacían una vez al año componiendo una humanidad, las visitó ni menos pudo cambiar o simplificar la fonética de sus nombres vernáculos. Las Desertores, tan díscolas frente de la historia (y hasta de la gramática...). ¡Tan porfiadas las (ocho) perlas! Y todo esto, porfía y envelamiento, quedan allí para que “el hombre del San Pedro” se aventure, incitado, por aquel nombre rebelde y desconocido, a escribir sobre ellas. De partida a Urbina, el que esos isleríos se nieguen a decir el origen de su nombre, le azuzan su temperamento aventurero y “conversista”. Las islas se niegan a decir su razón secreta y prefieren ser, aunque él se prive mirando mapas, un enigma y una epopeya.

 “Sirven de residencia temporal a pescadores y labradores de madera”, anotó el gran Riso Patrón en 1924. No basta. Y a ese rosario porfiado que son Talcán, Ahulliñí, Nayahué, Imerquiña, Chuit, Chulín, Nihuel e Islote O”Higgins, Urbina engarza su propia porfía y en un acto temerario –que no corresponde a la naturaleza de un explorador– busca, entre papeles, una razón romántica que explique la naturaleza cifrada de archipiélago tan díscolo. Allí no la encontrará. Entonces toma su mochila y se va pensando por la bajamar de Chuit: Chilotes, descariñados de Chile en un Chile descariñado de chilotes. Allí se refugiarán cuando los quieran llevar a guerras ajenas. Allí también, sin magia, se harán invisibles unos pobres brujos, víctimas de la Ilustración y su barbarie. ¡Nadie quiere hacer el Servicio Militar! ¿Cómo hacer? Refugiándose en lo lejano. ¿Dónde esperar la flota española que liberará a súbditos realmente fieles? Allí mismo, en lo desconocido.

A Urbina no le cansa caminar por las playas. Sigue pensando, buscando que la pleamar le permita ver como si ella fuese un catalejo o un alto divisadero sobre el tiempo: Marineros ingleses, un carpintero ofendido, huidos del capitán Fitz-Roy habrían desertado allí. Balleneros también...

Urbina le busca “el cuezco a la breva”. De porfiado, intermareal que es, no quiere que la tertulia ni la noche terminen. ¡Qué bueno que esa temeridad no concluyó en conocimiento desacralizado! Es que nos dejó ese archipiélago tan misterioso como lo encontró al empezar a escribir. El día en que este viajero haga del viaje una ciencia y discipline sus curiosidades, se acabará todo. Nadie lo quiere historiador pues le necesitamos saliendo sudoroso desde un periplo real y caminando sobre esas virginidades que él sabe encontrar y que contribuyen a la belleza de las cosas.

Si no me equivoco, eran los principios de los años 70 cuando el “mechón” de las carreras de Biología o de Medicina afianzó en la forma viaje su incomodidad y su anhelo de estar de otro modo en el mundo. Fue porque le faltaba algo. Necesitaba una patria para su espíritu, pero esa la podía construir. De allí fue que pretextó que le gustaban las “cosas raras”. Entonces se aventuró cada vez que para llegar a ellas debía acometer un camino incierto. Como es chilote, de Chiloé hizo su primer universo y una eterna celebración. No tardó en darse cuenta que en la exploración, el pie excursionista (el que se sale del sendero conocido) era mucho más certero, para su alma, que la dilucidación de mapas y fechas. Es que ya era humilde y diligente.

¡Profesor, yo iré a buscar el lagarto!, dijo una vez en Concepción a su profesor. Y partió de inmediato a Desertores.

Decía que, de estudiante, afinó su naturaleza. Es alguien que es capaz de asombrarse. Es que tiene la sensibilidad del “inquieto” y que, además, se permite esa especie de goce que son la porfía y el miedo. Eso lo entusiasma y a veces lo arroba, porque son emociones espirituales, y lo principal es que comenzó a viajar para admirar, encantarse, deleitarse... para después convidar.

Medardo (que ya puedo tutearlo) es un hombre de fogón. Y porque allí, en el islerío y el Castro que ama, se acabaron los fogones, es que él regresa para soplar la ceniza y reavivar el fuego. Se niega al silencio y a la oscuridad. Entonces, en aquel espacio trasero, con brasas y oloroso humo, vuelve a inaugurar con sus escritos ese lato tiempo en el que los chilotes se recondenaron hablando toda la noche, agotando los detalles de la vida. Desde allí, de la tradición y su furor siempre “mechón”, nace una forma literaria: la de la existencia de un espacio que le lleva tepú ardiendo y amigos que no saben callar: pasión y verbo, atropellados. Su vehículo es la elocuencia, la lengua, la civilización que nace cada vez que se dialoga. Así, por eso es que Urbina escribe conversando. Está por sobre los fogones porque cuando no tiene tepú, tiene su mano que escribe y su PC ardiendo. De ese modo nos cuenta de tempestades, y su pasión por la telúrica se hace una cosa cotidiana al lado de su fogón virtual. Medardo no pudo abandonar la oralidad, y si hoy escribe es porque ya no vive en Chiloé y confía en que los “links” y su chispazo pueden ser unas buenas piedras para producir otro tipo de fogata. Entre esas luces y esos olores a “quemado” su voz vuelve a resonar igual que la de sus amigos, salvo que él “respaldó” lo voceado en un escrito. En aquel ruedo de fogón, construido por todos los que esa noche están allí, asando pinucas o trawas, está el ansia milenaria por escuchar las historias que los chilotes aman e insisten en volver a contar.

         

Es un tradicionalista contradictorio este Urbina, le dio nueva forma a la vieja forma fogón. Así, tan magníficamente ingenuos e innovadores como él, somos sus lectores. Es que sólo habrá que echar palos al fuego; esta vez, desde las Desertores, él invita. Escribir, a Urbina se le transformó en la insistencia por alumbrar charla nocturna. Siempre insiste. Después de un cuento quiere contar otro, otro... Y como su generosidad es un atributo atávico –ya lo dije– no se le acabarán los contertulios que reproducen la cultura chilota. No es todo (¡Dios nos libre!), porque en cuánto se da cuenta que faltarán palabras o tepú o papas, y que no está contando sino que escribiendo, pone “power” y allí, amistoso, vuelve a tener a docenas de amigos alrededor de él. Porque del escribir Medardo sigue haciendo una fiesta colectiva, circular. En la noche les envía correos, cruzadas las voces (la de Bernardita Oyarzún, la de su sobrina Ximena, la de José Stuardo, la de Alberto Trivero...), en donde les informa, los entusiasma y, ya convencidos, los enrola para que asuman la tarea que habrá de devolverlos, alborozados, al “cocido” o al “chadupe” final. Ese que los restituye a una patria común, después de haberlos tenido dos días mirando mapas.

Sus profesiones de biólogo marino o de médico cirujano, porque no ha huído del lar, parecen no intimidar ni interferir en la coloquialidad universal con la que construye sus pasiones de escritor viajero. Escribe para compartir y, para él, eso es un porfiado e indiscutible derecho humano, el acto democrático que no necesita de sapiencias.


Ya verán, subirá la Piedra de Calto, una columna delgadísima de humo y furor que alguna vez se petrificó en basalto y quedó expuesta para el estupor. Verán a Don Chanito, desesperado sin poder maniobrar pues el viento le llevó el mástil a su velera. Se reirán del malayo al que se le “encogió” su radio a pilas. Se quedarán “peludos” oyendo lo más sabio de la antropología cuando con él entren a las cuevas de Talcán. Son tan dispares sus géneros, diversos sus temas, las conjeturas y las emociones de sus conversas, que leerlo evoca una bella antología de distintos viajeros en cuentos encadenados del mismo modo como hilan, se saltan de una a otra, matizan sus conversaciones, los chilotes cuando están alrededor de un cordero al palo. De tortugas marinas se pasa a la muerte del profesor Donoso Barros. Está contando algo y deja que entremedio se meta otra historia narrada por un amigo. ¡Cuéntala tú mejor!, pareciera decir.

Bueno, no pude parar de leer. Hay una llegada a Nayahué, oscura: un caminar incierto sobre playa de bolones. Más oscura se pone cuando una nube de cuervos la hace gótica. Amaneceres cuyos colores, su descripción, la de la luz, los tintes y matices cambiantes, son la especialidad de Medardo. De premio: un descomunal banco de ostras. Y como un trovador en viaje, repite las historias y anticipa o cambia los finales. Trágico y épico también, el “sur cochino”, un viento que enturbia el agua; el llanterío de una niñitas que en una roca a medio se quedan esperando a su padre. Un nadar eterno tras un perro que se dirige hacia Australia... ¡Magistral, Medardo!

Leyéndolo no puedo dejar de recordar a los grandes del mar. No cómo comparación ni carencia, sino como crecidos también en playas verídicas, con la misma estatura e intensidad de Urbina. Conrad, Melville, Stevenson y, en casa, Coloane. Ya se hubiesen querido la historia de la mujer que se salvó de neumonía porque Dios urdió su voluntad misteriosa entre la enfermedad de la anciana y la necesidad de clasificar un lagarto. Ya se hubiesen querido la historia del jovencito que sueña que Ester Mayorga le preguntará: ¿quiere usted casarse conmigo? Ya quisiera Coloane haber escuchado las historias de los “Ruices”, los Mascareña, los Ignao, las de todos aquellos seres humildes que enriquecen la humanidad que hay en sus viajes.

Y esta es otra cosa, en las travesías de Urbina siempre, al principio o al final, hay un hombre y, no es curioso, pues ya era o termina siendo su amigo. Aunque hable de selvas, siempre está el ser humano. Estrecha lazos, hace conoscencias. Comparte. Desde ellos, desde esa humanidad en ruta, Medardo abandona los paisajes y descubre los territorios. Y entonces, en esas ”cosas raras” que busca, ve la soledad de las islas, se apremia, piensa y ve lo que falta en ellas.

Esto es personal, pero da miedo que a veces sus escritos puedan alentar la colonización, la intromisión, en lugares donde chilenos pobres han construído comunidades tan ricas en especificidad humana.

De verdad, a mí me gustaría que las Desertores siguieran siendo ese lugar que la mítica eligió como el de la disidencia, de la rebeldía, uno en el que los jóvenes pudieran refugiarse para siempre del Servicio Militar, del Servicio de Impuestos Internos... En fin, hacerle el quite a estas palabras que quieren ser metáfora de un orden cosificante que homologa, alinea y oprime a los seres humanos, alejándolos de la búsqueda de una nueva utopía.

Un cúmulo de reflexiones asaltan al lector de Desertores. Lo que más resuena es la nostalgia por la libertad que promueven el andar o navegar del autor, ya sea por tierra o en una chalupa a vela.

Mientras tanto, mientras se lee, allí estarán los “desertores” o “deserteronianos”, tristes o felices; reunidos en su lejanía o cercados por el humo del volcán Chaitén, pero también con leña, entereza y libres... Al comenzar este escrito miré mi archivo, leí: “Dos lanchas de Chuit traen tepú” (1970). “Lancha de Talcán trae cargamento de ayuda a Achao. Locos frescales, carne ahumada, regalan a quinchaínos azotados por el tizón” (1954). O sea, esa gente sabe cómo vivir su vida, cómo seguirla y cuándo ser solidarios o desertar.

Urbina siempre sabe a qué va a los lugares, tiene objetivos. Sin embargo, los imprevistos que lo asedian o lo aventuran, al final son lo único que hacen la razón del viaje. Son el verdadero viaje. La unidad ciencia–aventura no existe, ya tuvo una oportunidad en el siglo XIX. En los viajes del “hombre del San Pedro” triunfa la alianza con la naturaleza, porque la suya es la de seguir siendo el muchacho de Castro que siempre tiene lista su mochila para partir.


Gustavo Boldrini P.
Quemchi, Primavera de 2009

(1) Boldrini, Gustavo (2006) “Raín: crónica del último canoero” Editorial Kultrún, Valdivia. Pag. 63 y 229 Capítulo 11 “El Hombre del San Pedro”. Nota del editor.
(2) Urbina Burgos, Medardo (1985): “Tras los pasos de Darwin: a la cima del San Pedro” en revista CHILOÉ numero 6. Concepción. Nota del editor.
(3) Urbina Burgos, Medardo (2006):”La Huella del Abtao” Editorial Isla Grande. Concepción. Nota del editor.

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