(Los DESERTORES y otros escritos)

Sergio Gonzalez de la Fuente

Estamos ante una nueva e interesante creación del doctor Medardo Urbina, que nos impresiona por su belleza estilística, que a la vez está también imbuida de fuerza, que aún en su empuje más audaz no deja de mantener una atmósfera de dignidad y fineza. El tratar así las cosas y los hechos, no es habitual en nuestra literatura, por lo que la forma de escribir de Urbina, a mí -particularmente- me ha llamado la atención. Analizará con especial vehemencia una situación determinada, pero siempre lo hará con distinción. Sin duda que Urbina descarta la violencia, ya que ésta es una forma “chabacana” y simplista para abordar los problemas. Es por eso que tal vez la altura de miras y la fineza, sean las formas más adecuadas para describir lo real o práctico. A lo menos, así me parece y creo sinceramente que el Dr. Urbina es un maestro de la elegancia para escribir no sólo en aquello en lo que no se pueda emplear la violencia como para describir una planta y ni siquiera para describir una especie feroz, sino que el vasto horizonte de problemas que conforman nuestra circunstancia... Y como decía Malreaux en "Las Voces del Silencio", refiriéndose a una fauna carnívora, cuando contempla un bello ejemplar que ha sido flechado y yace moribundo: "sólo queda la majestad de la leona herida".

En nuestro caso, es obvio que por razones de formación, no podamos entrar a analizar el rico conceptuario botánico y biológico de la obra, pero aún así, nos queda el explorador del paisaje que lo rodea, acaso en forma mística y racional para él. Un Livingstone ascendiendo hacia las cataratas y lagos del gran río. Una suerte de Plinio el Viejo, que dedica las últimas horas de su vida para describirnos la explosión del Vesubio y que fallece con elegancia sin par narrando a su secretario los fenómenos inauditos que contempla…y dictando, incluso, cuando está siendo sepultado por la lava ardiente del volcán.

Pero también, junto a una botánica y biología esplendorosas, existe además en el paisaje, algo muy importante: EL HOMBRE. Y es a él a quien queremos referirnos al hablar de la obra de Urbina. Al aviador fallecido con suprema hombría: Don Roberto Barrientos Watkins. Al chilote humilde que vive en esas tierras, con corazón valiente y generoso. O a esa mujer que con solemnidad y honor le pregunta “si quería casarse con ella”. Así, cada ser humano es dibujado prolijamente en su humanidad profunda. Y al hacerlo, con la fineza alerta de su pluma nos revela a hombres y mujeres pletóricos de dignidad, aún en medio de las más terribles limitaciones. Veamos: ¿Acaso los desertores son cobardes que no querían combatir por su patria? NO: de lo que se trata es de hombres que no han recibido la diplomacia sincera del gesto respetuoso y amable; y que por el contrario, cazándolos como a bestias, las autoridades chilenas de ese entonces, creían que debían acudir a servir como soldados en las guerras por la patria... Son los desertores al servicio de la Corona, los que casi matan a nuestro padre fundador (O’Higgins) en Rancagua. Más tarde son estos chilotes los que llegarán hasta Lima, como parte del Ejército Chileno. Pensemos lo que significó para estos rudos hombres, marchar desde sus heladas tierras, hasta los desiertos del norte, abriéndose paso con la bayoneta y recibiendo el fuego del cañón.

Este largo y heroico viaje, lo comparo -aunque a la inversa- con el de Aníbal, cuando logra atravesar los Alpes, viniendo desde África, para conquistar Roma. Y así, para acciones de este temple, se necesitan hombres y mujeres de corazón, con orgullo incluso implacable hasta dar la vida. Pero ¿Porqué hay hombres y mujeres así y tantos otros que querrían tener las agallas del chilote?, Actitud permanente que no decae ni con la tragedia ni con la naturaleza hostil. Veamos:

Como muy bien lo ha señalado Urbina, la actitud de los chilotes durante la guerra patria "fue bastante profunda" (en palabras mías), pues los españoles no hicieron sino sólo darles un mejor trato:"usaron una mejor diplomacia". Y esta actitud –como se observa a través de la experiencia- es radicalmente importante en las relaciones humanas.

Según Hegel y sus más destacados seguidores, hay tres grandes fuerzas que impulsan el desarrollo humano; a saber, el deseo, el desarrollo de la ciencia y el "thymos", que definiremos como el afán de reconocimiento que tienen los seres humanos. Éstos necesitan y desean que se les reconozca como personas, como seres importantes, y en función de ello, plantean ciertos derechos inclaudicables. La Carta Magna en Inglaterra, la rebelión de los esclavos con Espartaco, la Revolución Francesa y la americana, a modo de ejemplos. Dentro de esta perspectiva, pueden considerarse de lleno como reacciones thymóticas. El primer hombre que se rebeló contra su condición de esclavo y fue capaz de dar la vida y de arriesgarla en esta empresa, es el fundador de la dignidad humana., y merecería un monumento, así como el del Soldado Desconocido.

Cuando Urbina habla del orgullo, de la dignidad del chilote, nos plantea un hecho dado: gente que cree en su propio valor, y de llegar el caso, dispuestos a afrontar los sacrificios necesarios para mantener en alto su "thymos". Porque, en verdad, lo más alto de si que puede tener un ser humano es el concepto de su propio valor como tal. Sin ello –y así lo creo- el mero deseo nos dejaría nada más que en el terreno de los animales y –seguramente- no habría ciencia sin vocación de dignidad humana.

Con entereza metódica, Urbina no deja de plantearnos en sus personajes (que son de la vida real) que en esas tierras del sur, existen bosques inexplorados y riquezas colosales de dignidad humana.

Alguna vez los gobiernos debieran reconocer este hecho, porque el thymos cuando no es reconocido, estalla en el furor de la justicia negada y eso puede llegar a ser con el tiempo, un peligro grave y hasta un conflicto de fuego. Esto vale no sólo para Chiloé, sino también para todos los grupos postergados de Chile. Así, entonces, cuando uno lee con profundidad a Urbina encuentra esta verdad: la dignidad humana allí existente en esos bosques y mares lejanos. Dignidad que debe ser reconocida, junto a los otros hombres y mujeres de nuestra tierra que se encuentran postergados.

Sergio González de la Fuente.

Concepción, Julio de 2010.

 

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