"Este relato verídico permaneció durante cerca de 30 años entre papeles añejos, amarillentos, llenos de polvo y telarañas, hasta que el Dr. Carlos Trujillo accedió a revisarlo, hacer algunas correcciones, remozarlo y otorgarle el punto final. Agradezco su ayuda que ha hecho revivir esta extraña historia de Don Juan Raín, el obstinado vividor del lugarejo de Quiutil, un paraje perdido entre las rompientes del Pacífico chilote".

- ¡Aquí murió Don Juan Raín! Dijo bruscamente -jadeando- Mauricio Álvarez Sträehl, al llegar a la cima del promontorio. El sendero barroso no tenía más de 20 centímetros de ancho en ese punto. A la derecha una pared rocosa de pizarras y granito, y a la izquierda, el vacío inexorable se abría cuan amplio era, en una caída vertical casi a plomo de no menos de cien metros. Abajo, las grandes olas del Océano Pacífico parecían pequeñas al romper junto al negro roquerío, acompañadas de un tronar interminable. El vacío era escalofriante, más aún cuando algunas piedrecillas y rocas, desprendidas accidentalmente a nuestro paso, caían hacia el vacío dando tumbos hasta perderse entre las nubecillas de rocío salobre que ascendían lentamente por entre la floresta achaparrada del acantilado. El eco cascado de las piedrecillas terminó por perderse entre el rumor sordo de las olas.

- Su caballo resbaló en este mismo punto cuando iba camino a su casa de Quiutil, una lluviosa tarde de invierno después de vender sus productos en Chonchi. El caballo sufrió un fuerte resbalón en el senderillo barroso y se precipitó al vacío llevándose consigo a su jinete... ¡Así murió Don Juan Raín! Fue una muerte espeluznante.

Mauricio Álvarez Sträehl

Mauricio Alvarez Sträehl, era un amigo de los tiempos de la universidad que estudiaba la carrera de Antropología después de haberse titulado de Contador Auditor. De padre chilote y de madre suiza, había nacido en Punta Arenas, pero el destino lo había llevado a Chiloé donde se había enamorado de Cucao, Chanquín, Huentemó, la Laguna Huelde, el río Cipresales y el paisaje que dominaba la hermosa cabaña que había construido con su hermano en una lomita pastosa –que denominaron “Heidi” en alusión a la niñita de las montañas suizas de los cuentos infantiles. La cabaña se emplazó junto al sendero que conduce al gran alerce de la Cordillera de Piuchué, que los lugareños llaman “El Tata”, un notable árbol que sobrepasa los dos mil años y que se eleva airoso por sobre los cincuenta metros en la cima de la cordillera chilota, al Norte de la Laguna Huelde.

La fisonomía de Mauricio Álvarez -sus ojos azules, su pelo rizado y los párpados algo caídos- le daban un inconfundible aspecto de extranjero. Su mirar reposado y su hablar limitado a lo esencial eran señales de un espíritu poco amigo de lo banal y muy amigo de la Naturaleza…, de su protección y su cuidado.

En busca de la quinua y el Bromus mango

Mauricio me había acompañado por ese sendero estrecho y barroso, que se encarama por la cima de los acantilados, al Norte de Huentemó, y que bordeando la costa chilota, termina en la hermosa ensenada de Quiutil, donde una playa amarilla, en herradura, acoge mansamente al caminante o explorador y en cuyo extremo norte desemboca el río Cole-Cole.

Surcábamos esos senderos en busca de ejemplares vestigiales de las casi extintas plantas de “mango” (Bromus mango), especie de gramínea de grano parecido al trigo que los nativos chilotes usaban para hornear el pan, y de la “quinua”, una planta cuyas semillas fueron importante fuente de alimento para los huilliches hasta un tiempo después de la llegada de los españoles. Y esa frase de Mauricio, “¡Aquí murió Don Juan Raín!”, me hizo recordar la extraña forma en que yo conocí en vida a aquel hombre, en ese entonces, antiguo habitante de Quiutil:

Camino a Quiutil: “el tragacaballos”

Corría el mes de enero de l971 cuando mis inquietudes de joven universitario me llevaron por primera vez a Cucao. Un piloto del Club Aéreo de Castro me había llevado en una avioneta biplaza hasta la extensa playa del mismo nombre, y, desde allí, caminando hacia el Norte, había alcanzado la zona de Chanquín y la laguna Huelde, pernoctando en casa de Pancho Chodil, a quien apodaban “Pancho Yegua”, cuya casita ennegrecida por el eterno humo del fogón entregaba un magnífico aporte de calidez y belleza al paisaje, en el borde Sur de la laguna. Al día siguiente, decidí partir solo hacia Quiutil, siguiendo un senderillo que se encarama por el borde del acantilado y que los lugareños conocen como el “traga caballos”. Al cabo de un trayecto de siete horas accedí a la amplia y pastosa meseta de Quiutil, a eso de las tres de la tarde. Allá en la lejanía, destacaba una pequeña casita de madera, con techo de junquillos, única residencia visible en ese páramo desierto, y hacia ella dirigí mis pasos.

Una choza solitaria.

Los golpes a la puerta, una y otra vez, no encontraron respuesta. Tampoco los “¡Alooooooo!” que el caminante suele lanzar al aire antes de encontrarse con los perros de la casa, que lanzan más de alguna dentellada traicionera por las pantorrillas, a no mediar la orden del amo que desintegra la agresividad de los furiosos canes.

¡Ni perros ni gente! Sin embargo, al poco rato, tuve la leve impresión de escuchar un quejido. Un débil quejido procedente del interior de la casa. Me acerqué a ella, intentando encontrar una ventana o una ranura y al aplicar la oreja escuché con nitidez un lamento quejumbroso: ¡Aaahhhh! ¡Aaaahhhh!

Volví a golpear la puerta con más fuerza y lancé nuevamente mi ¡Alooooo! ¡Alooooo!

El muerto que se quejaba.

Como no obtuve respuesta, decidí rodear la casa buscando la manera de inspeccionar el interior. Así fue como encontré una abertura discreta dejada por una tabla suelta y pude ver en el interior una mesa larga en el centro de la habitación, y, sobre ella, un hombre añoso, tendido en posición decúbito supino, vestido con un terno negro, con chaleco, camisa blanca y zapatos negros como suelen dejar en Chiloé a los muertos mientras los velan, durante el primer día, es decir en el breve tiempo que el carpintero demora en construir un ataúd. Volví a gritar con más fuerza mientras el corazón me comenzaba a latir con mayor intensidad, pero no tuve respuesta. Entonces decidí ingresar a la casa como fuera posible. Tras varios intentos logré zafar el pestillo de la puerta del patio e ingresé cuidadosamente a la habitación.

El hombre de la mesa no contestó mi saludo, pero al acercarme y tocarle el brazo derecho reaccionó súbitamente. Trató de sentarse y gritó con pánico:

- ¿Quién está aquí? ¿Quién anda aquí?

Bastante trabajo me costó tranquilizarlo. Le grité al oído para calmarlo. Y luego le expliqué que era un amigo y que quería ayudarlo. El hombre, que era ciego y sordo, y bordearía los 65 años, ya más tranquilo rompió en un llanto emocionado y balbuceó en medio de sus lágrimas:

- ¡Gracias, Señor, por escuchar mis ruegos!

El calvario de Don Juan Raín

Entonces me explicó que se llamaba Juan Raín y que desde hacía cerca de un mes se encontraba enfermo de los pulmones, empeorando cada día. Fue perdiendo gradualmente el peso y las fuerzas y como en esos páramos perdidos no hay posibilidad alguna de obtener ayuda médica, su esposa –que bordearía los treinta años--, convencida de que su esposo moriría en breve tiempo, le había pedido que él mismo le ayudara a subirse a la mesa que lo sostendría durante el velatorio de los tres días reglamentarios después de su muerte. Me contó, además, que llevaba tres días agonizando en ese estado, sobre la maldita mesa, dura y fría, y que su mayor calvario era sufrir el intenso frío de las noches, pues su mujer no lo cubría con manto alguno ni le daba alimento. Y para colmo, para no escuchar los gritos, sollozos y lamentos de su esposo, cada día, ella se iba de la casa a media tarde, para regresar al día siguiente a atisbar si habría o no difunto.

Como en ese entonces yo era estudiante de tercer año de Medicina tuve el placer de examinar a Don Juan Raín y verificar a “oreja descubierta” la presencia de una bronconeumonía bilateral. En ese procedimiento me encontraba, cuando se abrió la puerta de la casa e ingresó una mujer regordeta de unos 30 años que me miró con espanto primero y luego con una ira contenida al constatar que yo establecía un fluido diálogo con el “pre-difunto”, situación que no estaba contemplada en sus planes y que podría echar por tierra su suculento proyecto.

Como ya estaba interiorizado de la situación, por el nutrido diálogo que había establecido con Don Juan Raín, saludé a la mujer y le dije en un tomo algo duro y categórico:

- ¡Su esposo no morirá, señora! Sólo tiene una bronconeumonía de la que pronto se recuperará si usted sigue las indicaciones que yo le daré ¡En primer lugar, va a matar una de esas gallinas que cacarean en el patio! ¡De inmediato! ¡Y le preparará una cazuela suculenta a su esposo, pues de lo contrario antes que de neumonía morirá de hambre! ¡Y enseguida calentará y deshumedecerá la cama de su esposo, pues esta noche dormirá en ella, calentito y abrigado como corresponde! Y luego, le dará religiosamente estas medicinas que debe ingerir cada seis horas, durante diez días, hasta su recuperación total. ¿Me entendió señora?

- Sí. Sí. ¡Siiiiií, señor! Respondió la mujer, adoptando una actitud sumisa, avasallada por tantas indicaciones nunca antes escuchadas en esos parajes perdidos.

- Yo vendré cada día a verificar si ha seguido las instrucciones; examinaré a su esposo y me daré cuenta de inmediato si algo no ha sido cumplido. Nada debe fallar para que su esposo se recupere. ¿Me entendió bien, señooora?

- ¡Siiií! ¡Siiií, señor!

La casa de Don Pascual Pillampel

Al inspeccionar desde la altura, el vallecito que rodea la blanca playa de Quiutil, había divisado en la lejanía una casa de mayores proporciones que, según la información entregada por Pancho Chodil, sería la casa de Don Pascual Pillampel y su esposa, Doña María, quienes tenían una docena de hijas. Tras abandonar la casa de Don Juan Raín, ya en el ocaso, me encaminé hacia la casa de Don Pascual, sin sospechar siquiera la rabiosa recepción de no menos de cinco quiltros lanudos que me esperaban y me recordaron a los antiguos “chilihueques”, esos antiguos perros lanudos de los nativos chilotes, descritos por los cronistas españoles.

- ¡Retírate p’allá quiltro ‘el diablo! Una enorme mujer, exuberante y regordeta había salido al patio convirtiendo en mansa armonía, el furioso concierto de ladridos.

- ¡Buenas tardes, señora!

- ¡Buenas tardes, hombre de Dios! ¿Andan solo por aquí?

- Sí, señora. ¿Es ésta la casa de Don Pascual Pillampel? Pregunté.

- ¡Sí, señor! Don Pascual es mi esposo y a esta hora anda en el monte cortando varas para el quincho de las papas y las arvejitas que tenemos detrás de la casa. Hay que proteger la siembra de los chanchos que son tan golosos. Pero ya está por llegar.

Los cunquihuenos

La señora María me invitó a sentarme alrededor de la hoguera del fogón chilote, donde compartimos unos mates mientras me contaba la forma de vida de su familia. En las horas de mareas bajas, suelen bajar a la playa a mariscar cunquihuenos (más conocidos en Chile como “machas” –Mesodesma donacium) y el resto del tiempo se trabaja en el monte volteando palos para mantener vivo el fuego que arde permanentemente o para la construcción y reparación de las casas y cercos. Al caer la tarde, las mujeres cuecen en agua hirviente, las machas recogidas durante el día, luego las desconchan y hacen sartas y tiras con acículas de junquillos para colgarlas al humo del fogón, en un proceso que conservará los moluscos durante todo el invierno. Las tiras se reúnen en paquetes, se amarran con junquillos y se llevan a vender a los pueblos de Cucao, Huillinco, Chonchi o Castro.

El deseo de Don Juan Raín

Durante los días siguientes visité cada tarde a Don Juan Raín, siendo testigo de su rápida recuperación. Él me ofreció como regalo, el valle en forma de abanico que rodea toda la playa de Quiutil. Lo hizo como una forma de agradecimiento por haberle salvado la vida con mis medicinas y mis indicaciones, pero fue un regalo que no pude aceptar. Me señaló, además, que el deseo más preciado que tenía, era recuperarse de su enfermedad y sentarse en la altura pastosa cercana a su casa, justo en el borde del acantilado que mira al mar, para sentir en el rostro las minúsculas gotitas que emergen de las rompientes y aspirar profundamente su sabor salobre. Ése era su mayor deseo. ¡Aspirar profundamente el húmedo sabor salino de los rompientes!

Al sexto día abandoné la bella ensenada de Quiutil. Me despedí de Don Juan y de Don Pascual Pillampel y su numerosa familia de mujeres. Era una hermosa mañana de domingo, poco después de despuntar el alba. Las numerosas hijas de Don Pascual se habían reunido en el frontis de la casa con todas sus ropas puestas, pues yo había prometido tomar unas fotografías a toda la familia. Mi cámara fotográfica era para ellos un artilugio de otra época, un adelanto asombroso, jamás imaginado por ellos. Don Pascual quería aparecer en la fotografía acompañado de su radio a transistores de la que se sentía muy orgulloso, pues le permitía conocer diariamente lo que ocurría allá lejos en el mundo civilizado a través de las ondas de Radio Chiloé de Castro.

La foto con música.

Con un gesto perentorio me indicó que no tomara aún la fotografía, mientras buscaba afanosamente las notas de alguna canción mejicana. Esperó que la radio emitiera la música deseada, sones que tanto gustan a los campesinos chilotes, y al dar con los sones de una ranchera, aumentó el volumen al máximo y, poniéndose en pose, me gritó:

- ¡Ahora sí!

En su imaginación, Don Pascual Pillampel estimaba que la cámara fotográfica grabaría también la música de su radio.

Las “andadas” de Don Juan Raín

- ¿Cumpliría su deseo Don Juan? Le pregunté a Mauricio Alvarez Sträehl.

- ¡Sí que lo cumplió! ¡Y con creces, pues volvió a sus andadas!

-¿A sus andadas? --pregunté. ¿A qué andadas?

- Porque Don Juan Raín no era de los muy tranquilos que digamos – dijo Mauricio. En realidad, tenía la costumbre de trabajar en la recolección de algas marinas, especialmente el collofe o cochayuyo (Durbilea antarctica) y cada mes salía de Quiutil con una recua de caballos a tiro, cargada con rollos de collofe, atados a ambos lados de las monturas, y los llevaba a vender a Chonchi. Después permanecía en el pueblo por cerca de una semana, comiendo, tomando y disfrutando la vida sin limitaciones, hasta que gastaba el último centavo. Entonces regresaba a su casita de Quiutil, ebrio y estropeado, llevando como mucho una botella de tinto en el bolsillo del paletó. Cuando enfermó suspendió sus viajes durante un tiempo considerable, y más aún cuando quedó sordo y ciego. Pero después de la recuperación que tuvo con la tetraciclina que tú le diste, tomó nuevos bríos y se atrevió a reanudar sus viajes a Chonchi, dejándose llevar por el caballo más querido que tenía, el que ya conocía el camino y, al cabo de cada jornada de viaje, se detenía justo en la casa del amigo que le daba comida y alojamiento. Entonces, la vida de Don Juan Raín tomó un nuevo ritmo y una nueva emoción. Volvió a sentirse joven, y creyendo que todo lo podría lograr, volvió a transitar por ese maldito senderillo que corre por el borde del acantilado y en uno de esos días malditos, ya designados como tales en el calendario de la vida de cada uno, su caballo resbaló en este mismo punto... y allá abajo, en medio de ese infernal roquerío, Don Juan encontró la muerte. Creo que le hiciste vivir al menos un par de años más, como él nunca imaginó vivir. Y murió como nunca imaginó morir.

La segunda muerte de Don Juan Raín

Nos quedamos unos instantes en silencio observando el roquerío de allá abajo, el devenir de las olas gigantescas, que después de nacer en la inmensidad del Pacífico llegan a morir en estas playas, imaginamos el resbalón del caballo, el grito de sorpresa de Don Juan, la caída vertiginosa al vacío del acantilado, la adrenalina al máximo y la desesperación del último instante de la vida, la introspección que todo ser hace en el instante previo a su muerte, el paso vertiginoso de la vida desde la niñez hasta ese preciso momento, como una película completa pasada velozmente. Entonces, en ese momento de vertiginosa caída, al darse cuenta de la inminente proximidad de la muerte debe haber hecho lo que más le había agradado en la vida: ¡Aspirar profundamente el húmedo aire del acantilado con su sabor salino cargado de gotitas de la bruma marina que emerge de los rompientes! Lo haría un par de veces, disfrutando intensamente ese delicado y sutil saborcillo como en un sueño en el que uno se deja llevar, y entonces, el golpe mortal en el roquerío, los últimos pataleos del pobre caballo... y el fin de las ilusiones de la vida, de lo logrado y de los deseos no cumplidos de Don Juan Raín, el intensamente vividor montañero de Quiutil.

Las gotitas minúsculas que emergen de los rompientes con su salobre sabor a mar, humedecen y refrescan nuestros rostros sudorosos por el esfuerzo y el peso de nuestras mochilas. El sol del verano brilla en el cenit y el barroso y brillante senderillo que serpentea por el borde del acantilado nos invita a continuar nuestro camino.

Yo estaba absorto, inmerso en mis pensamientos, con la vista perdida en el brutal roquerío de allá abajo, cuando escuché...

-¡Vamos andandoooo hombreee!

Era la voz de ese amigo de inconfundible aspecto de extranjero que me llamaba desde la distancia.

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