El sol rodaba por los cielos del mediodía chilote. Era el mes de marzo de 1961. Yo regresaba del liceo, en el que cursaba el primer año de Humanidades (así llamada en ese tiempo a la actual Enseñanza Media). Al ingresar a mi casa en la calle Piloto Pardo número 160, mi madre me lanzó a la cara lo impensable:

--¡Debes ir al hospital a robar un enfermo!

Intentando recuperar la compostura hice a mi madre mil y una preguntas. ¿Cómo comprender lo que mi madre me decía?... pero al fin comprendí. Sin demorar un solo minuto, di vueltas sobre mis pasos y me encaminé lo más rápidamente posible hacia el Hospital de Castro. Conocía el edificio casi como la palma de mi mano. Sabía por dónde entrar sin que me vieran las enfermeras y sabía también por dónde salir subrepticiamente a esa hora del mediodía, hora en que el personal y los enfermos almorzaban.

Conocía bien el territorio porque solía frecuentarlo desde pequeño, pues los niños de la pícara banda de la calle Piloto Pardo, solíamos acercarnos cuidadosamente a la pequeña bodega o sala de procedimientos donde un médico o un practicante, realizaba las “necropsias”, cada vez que algún occiso era encontrado en alguna playa o como producto de algún accidente, o un asesinato o bien un tiro de escopeta o de rifle disparado por casualidad. Eso mismo sucedió hacía ya algunos años con nuestro querido amigo Mena, cuando cursábamos el cuarto año de enseñanza básica (Preparatorias llamadas en ese entonces) y algún día de verano, a eso de media mañana, uno de nuestros amigos del barrio llegó corriendo con la noticia:

--¡Mataron a Mena! ¡Mataron a Mena!

Entonces corrimos hacia la morgue del hospital, donde nos dijeron que estaba el cuerpo, y mientras volábamos por las calles polvorientas del pueblo, alguien –que no recuerdo quién- iba contando lo sucedido. Dijo -grosso modo- que durante las vacaciones, en Piruquina, unos niños estaban jugando a los bandoleros y uno de ellos había dejado un rifle descargado apoyado en un tronco. Al volver de su jugarreta –seguro de que el arma no tenía munición alguna- en son de broma apuntó a uno de los compañeros y apretó el gatillo. Sorpresivamente el arma vomitó la bala que atravesó el corazón de Mena. Alguien, en el intertanto, había cargado el arma con el fin de dispararle a algún pájaro. El pájaro voló y descuidadamente el arma quedó cargada. Uno de ellos fue el que tomó el arma cargada y disparó… ¡para desgracia de Mena! y ¡para estupor de todos!

Ese día llegamos corriendo al recinto de la morgue. Desde lejos divisamos al practicante. Nos descolgamos del alto cerco de madera de gruesas tablas, al que nos habíamos encaramado, y observamos la operación mirando por las rendijas minúsculas que dejaban las tablas ya algo podridas por el paso del tiempo. Y allí vimos a nuestro querido amigo. Yacía sobre una armazón de madera. Aún recuerdo vívidamente el brillo plateado del bisturí, cuando el practicante, abrió sin más miramientos, el cuerpo inerte y desnudo de nuestro amigo, buscando el trayecto de la bala. Después anotó algo en un portafolios y abandonó luego el recinto, dejando a nuestro compañero de curso cubierto con una sábana blanca. Nadie se dio cuenta de la presencia de los chicuelos tras la pared de la morgue.

Por eso conocía yo los recovecos del patio posterior del hospital y ahora iba en busca de Don Coñoe, por esa misma ruta.

Salvé así el cerco de madera y dejé un par de tablas desclavadas para facilitar el regreso. Entré al hospital por aquella puerta de fierro por la que sacaban al patio posterior los desechos y las basuras. Me oculté tras unos tarros metálicos llenos de porquerías malolientes y atisbé. No había nadie en los pasillos. Alcancé la primera de las salas de enfermos: era una sala de mujeres. Continué hacia las salas siguientes hasta encontrar la sala de hombres. Pregunté:

--¿ Es Ud. Don “ Coñoe”? …¿Es Ud. Don Coñoe?...¿Es Ud. Don Coñoe?

Mi madre me había dicho –y lo recordaba muy bien- que “Coñoe” era el nombre o apodo del enfermo que buscaba, que era de Tocoihue, un lugarejo situado entre Dalcahue y Tenaún. El hombre era añoso: un anciano, y había enviado a mi madre un mensaje desesperado. El mensaje .traído por un conocido ocasional, era un sucio y arrugado papel, sobre el que alguien había garrapateado con letra temblorosa un escrito que decía:

--“¡Señora, madre del maestro Ernesto, por favor sáqueme del hospital! ¡Se lo ruego por el amor de Dios! ¡Aquí, si no me muero de enfermo, me moriré de hambre! ¡Prefiero morirme en mi casa!...ya que no tengo salvación.”

Coñoe había ingresado al hospital aquejado de una tuberculosis pulmonar. Anciano y desnutrido, tenía ya pocas esperanzas de vivir. Las enfermeras o el personal al parecer no se preocupaban de alimentar al enfermo y éste ya no tenía fuerzas para llevarse a la boca alguna cucharada de alimento. Estaba “en las últimas” cuando envió el mensaje a mi madre.

Seguí preguntando a cada enfermo anciano y flacuchento ¿Es Ud. Don Coñoe?

Finalmente alguien me contestó;

--Niño… Don Coñoe está en la sala de aislamiento, detrás de esa puerta, a la derecha.

Cuando llegué junto a él, al parecer dormía, pero al escuchar su nombre, sus ojillos brillaron con un entusiasmo juvenil. Su cuerpo, sus brazos y su cara eran pálidas. Era evidente el estado extremo de desnutrición. Su cuerpo era sólo piel y huesos. Le dije que lo venía a buscar, que yo era el hermano menor del maestro Ernesto y que intentaría sacarlo del hospital subrepticiamente para llevarlo a su casa en el campo, en Tocoihue.

Lentamente se sentó en la cama. Un nuevo aire de felicidad, de emoción y esperanza invadió el rostro de aquel anciano. Se desprendió cada tubo que tenía encajado en las narices y lanzó de un golpe la aguja que tenía clavada en una de sus venas cerca de la flexura del codo izquierdo. Yo diría que adquirió una celeridad juvenil. Le ayudé a ponerse los pantalones, los calcetines y los zapatos. Una camisa blanca sin abrochar y luego un paletó de color negro. Tenía un pequeño bolso oscuro en el velador. Un par de pequeñas cosas puso en él y salimos de la habitación. Él trataba de no toser y parecía que en cualquier momento podría desmayarse. Su compañero de habitación, tan famélico como él, no interrumpió su sueño en ningún momento. Al parecer nadie nos vio.

El pobre viejo iba apoyado en la pared, como resbalándose en ella, mientras yo lo ayudaba desde el brazo opuesto, más a sostenerse que a avanzar. Suspiraba profundamente y abría los ojos a cada instante, intentando ¡respirar!...¡respirar! En cada pasillo atisbábamos antes de avanzar, para evitar la presencia de alguna enfermera. Los enfermos estaban a esa hora preocupados de ingerir sus pobres alimentos, de modo que no sé de qué manera logramos trasponer la última puerta trasera del hospital.

Finalmente salimos a la calle y avanzamos ahora más rápidamente con el viejo siempre apoyado en el cerco de madera mientras yo lo sujetaba con el brazo contralateral. En tres o cuatro cuadras llegamos hasta el bus de Don Manuel Muñóz Nahuerneri, cuyo estacionamiento estaba en ese entonces en la calle Gabriela Mistral. Aunque no era aún hora de subir a nadie, yo pedí autorización para encaletar al pobre viejo en el primer asiento del bus (una “micro” de mala muerte, hecha de injertos de fierros soldados, sobre una estructura que en un pasado lejano debe haber sido un camión).

Dejé al pobre viejo Coñoe en el primer asiento y yo me fui a sentar en el último del bus, intentando alejarme de los contagiosos bacilos de la tuberculosis, que el pobre viejo expelía por millones a cada acceso de tos, cada uno de los cuales parecía ya desarmarle el esqueleto. Finalmente el “armatoste” se puso en movimiento y Coñoe no dejó de toser en todo el viaje hasta Dalcahue. Yo rogaba que el pobre hombre no se muriera en el trayecto, ni se cayera al suelo con los saltos del bus -a veces descomunales- a causa de las irregularidades del camino. Llau-Llao, Putemún, La Cuesta “Chiveo”, El Cruce a Quilquico y a Rilán, San José, Astillero, Coihuinco y finalmente Dalcahue, junto al canal del mismo nombre. ¡ Coñoe había soportado el espantoso viaje y había llegado vivo!

Lo bajé del bus no sin gran esfuerzo y lo dejé sentado sobre un banco de madera, junto al puertecillo. Coñoe boqueaba (como hacen los róbalos antes de morir cuando son sacados del agua) y a cada respiro abría los ojos desesperadamente. Allí los botes multicolores y más allá las lanchas, una que otra con sus velámenes de un color blanco grisáceo desteñido. Salí en busca de una lancha que fuera hacia San Juan, Quetalco, Tocoihue, Puchabrán o Tenaún, hasta que finalmente encontré un bote a motor fuera de borda que se haría a la mar con una buena cantidad de vecinos de Coñoe. Volví sobre mis pasos y ayudé al anciano a andar por la playa pedregosa hasta llegar al bote. El aire salino y fresco del mar nos envolvió a ambos. Coñoe sonrió cuando se encontró con los colores, los olores, el agua marina, los botes y los vecinos que siempre conoció y añoró. Los ocupantes del bote lo acogieron primero con recelo - por el extraño aspecto del enfermo y por aquella tos asfixiante que no dejaba de lanzar bacilos al entorno- y luego con cariño y amabilidad como suelen hacer los chilotes con el desvalido. Le ví comer – mirando desde una respetable distancia- un trozo de tortilla al rescoldo que alguien le alcanzó, y luego comió con avidez una pierna de pollo, mientras avanzaba la tarde y él esperaba sentado en uno de los asientos de madera del bote. Finalmente el bote se hizo a la mar en medio de una humareda y las toses del motor mal carburado. Enfiló hacia el Nor Este, siguiendo la ribera Oeste del canal Dalcahue. Los colores chillones de las ropas de lana y chales de las mujeres se perdieron en dirección a la isla de Lin.Lin, mientras el bote se empequeñecía a la distancia, tragado por el grisáceo cielo-mar chilote.

Regresé a mi casa en el mismo “armatoste”, carromato, injerto o engendro hechizo de cuatro ruedas -o como se le quisiera llamar- de Don Manuel Muñóz Nahuerneri. Venía hambriento –sin duda- entre tanto ruido de latas, bruscos saltos por los hoyos del camino y tapado de polvo…pero satisfecho de haber cumplido esa misión tan extraña.

Meses más tarde, quizás cerca de un año de la fecha de este suceso, llegó a mi casa una campesina trayendo un paquete con manzanas, ajos y algunas tortillas al rescoldo. Era un regalo del anciano Coñoe, quien había logrado recuperar peso y apetito en su propia casa y estaba agradecido del extraño “rapto” del que había sido objeto. Más adelante llegaría a mis oídos la noticia de que Don Coñoe se había recuperado completamente de la tuberculosis que lo afectaba sin haber regresado jamás al hospital ni seguido tratamiento alguno, sino sólo la abundante alimentación de campo aportada por su amable esposa, recuperación que jamás habría logrado en el hospital del pueblo, donde sin duda alguna habría fallecido –si no de tuberculosis- seguramente ¡de hambre!

Nunca supe de la reacción del personal sobre la desaparición misteriosa del enfermo desde la sala de aislamiento. Unos pensarían que se convirtió en “pura energía” como se dice que suele suceder a los gurúes hindúes durante sus prolongados ayunos, otros harían una investigación sumaria sobre la probable desaparición del paciente y la mayoría elaboraría su propia y personal conjetura sobre lo ocurrido. A mi me agradaba pensar en el “estupor” de la enfermera cuando se dio cuenta que el enfermo moribundo de la sala de aislamiento se había hecho “humo” y ninguno de los presentes podía dar razón de lo ocurrido. Finalmente – si la tal enfermera de la sala aún viviera- y leyera en alguna publicación este relato, tendría aquí la solución del misterio, oculto durante cerca de 50 años y revelado por primera vez en este escrito., que –a decir verdad- me gustaría haber titulado como “El estupor de la enfermera”.

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