Conocer a este joven chileno, poeta y estudiante, en Tijuana resultó experencia vivificante. Traía en la mochila sonrisas de su tierra y la franqueza de su raza hecha metáforas.

No me fue difícil acogerlo de inmediato como hijo adoptivo, con disposición al abrazo de esta literata colombo mexicana que palpa en el otro su fiel intimidad de ser con espontaneidad e inteligencia, binomio del talento que toma por asalto el mundo de Jairo Gerak Millalonco Velásquez para hacer de su obra el abanico de sensaciones, sello del verso andante.

Lo vi y reconocí en sus entramuros la belleza y grandeza de un espíritu con aroma a antaño, a esa antigüedad de sabiduría que atrasviesa fronteras para proyectar enseñanza milenaria, atendiendo rasguños y mimos del alma. A nadie dejó indiferente su simpatía y su forma de actuar, un tanto « atrevida » en el buen sentido que se le otorga a la existencia cuando permite con arrojo hacerse a elevados pasos y rutas bajo estrellas que iluminan bitácoras. La suya, ya cierta aunque tenga todavía la edad de dar pinitos con tropiezos.

El encuentro en México, donde participamos escritores de varios rincones del mundo aportando en cada acento lírico el bouquet de la patria, dio lugar a un hallazgo de personajes como el del joven y maravilloso Jairo Gerak Millalonco Velásquez, duendecillo de buena estirpe con bagaje tejido de vena literaria cuando le canta a la Naturaleza en sostenido sol. A esa naturaleza del paisaje y del ser que responde al buceo de la condición humana en vericuetos de corazones heridos.

Pichón aún, siendo uno de los menores en edad, integrante del grupo del encuentro literario en la frontera con San Diego, no se quedó atrás en el ejercicio de la entrega de su espíritu inquieto y desbordante, además de divertido para sumar cualidades a su trasegar. Entre risas y cuentos regaba en cada poema la esencia de su hábitat interior, un jardín de sirenas en canto y una ola marina, manto de su inspiración. Un muchacho de condiciones creativas extraordinarias y con la fuerza telúrica de la zona de los temblores de alta intensidad, donde se sacude el pecho del vate para plasmar en versos la oda de la vivencia y del pensamiento a flor de labio.

Jairo es de esos seres vivientes que luego de la partida sigue morando en nosotros de forma coherente y escultural. Se talla al corazón, anfitrión de su encanto, con la gracia de un cincel mágico. Se sabe pintar en el alma de quienes lo conocemos porque su rastro tiene la frescura del cielo y el calor de los rayos boreales.

En su libro LELBUN EN LA MEMORIA nos plantea desde una escritura de detalles, algunos amorosos y otros dolorosos, con la fuerza y autencidad de testimonios de gran valía, para recrear la Creación de su pueblo natal, Lelbun. Y valga la redundancia, fruto de la valentía de sus pobladores que supieron organizarse para fortalecer la independencia sobre otro pueblo cercano y mayor como lo era Agoní. Lelbun se hizo a su historia. Combatió envidias y desánimos porque no la dejaban construir su propia iglesia, un centro de misterios ni la edificación del colegio como tampoco otros monumentos que le darían el carácter a ese conjunto de hogares. Amargas experiencias mencionadas bajo la pluma hadada de Jairo. Lelbun fraguó al ardor del leño la posibilidad de fundirse en otro poblado… y hacerse a su propia mar bajo el impacto de los balnearios, anfitriones de los bañistas que aman la flor del agua. Con el tesón propio de quien lleva la razón, sus aldeanos retaron vientos adversos y sobre todo el mal actuar de los vecinos. A toda costa anhelaban desafiar la fortaleza de los habitantes de Lelbun, quienes a punta de palo y machete impusieron la grácil textura de su iglesia con un altar labrado a pulso y a sudor por sus habitantes, prestos a dejar en alto a la Virgen del Patrocinio, protectora de cualquier revés y de la mala energía de los coterráneos, que se revolcaban ya no en la tumba sino sobre sus pies al patear la obra lograda por los compatriotas de Chiloé, hombres y mujeres de la llanura. Del huilliche se toma su nombre Lelbun.

En su libro, este joven estudiante nacido y criado en Lelbun le rinde tributo a su madre tierra por ser un exponente de esa raza recia y maja que se asienta en valores sólidos desde la sencillez de un lenguaje como se puede constatar en las entrevistas realizadas por el huilliche Millalonco Velásquez. Desde la manifestación de la hondura de almas en pos de libertad por conseguir lo propio, lo construido con manos a la obra literalmente hablando y con la presencia de guardianes de lo cimentado. Se defendieron de la infructuosa destrucción por ambición ajena y envidia. Un pueblo, faro de estandartes en la osadía y buen tino de la creatividad donde cada poblador aportó su grano de arena y de esfuerzo para mostrarle a la región la calidad humana acendrada en buenas semillas: personas de bien, ciudadanos unidos en similar labor: poner el empeño en sacar a relucir la nueva comunidad, ese Lelbun que antes era arte de Aogní, como quedó registrado en la mente aún niña de Jairo. Punto de partida de su exhaustiva investigación para comprometer el verbo con una colectividad que se hizo oda de Humanismo, tal como lo registra Medardo Urbina Burgos, al hurgar bien el escrito de Jairo Gerak sin perder de vista cada minucia ni palabra. Voz que se apropia de un proceso que nos conduce de la mano al verdadero sentido de la memoria: esculpir mapas emocionales del ayer con la carga de sus gestores.

Son esos personajes sencillos de corazón y de palabras, quienes con palmas en callo formaron a Lelbun, según comentarios de personajes como Ángel Custodio Coñuecar Coñuecar, Enrique Remolcoy Paillán, Purísimo Chaura, Germán Guequén Remolcoy y tantos otros que olvidar sus nombres sería pecado, pero tampoco se hace indispensable enumerarlos a todos ya que no fue asunto de ego sino de conciencia colectiva la que fundió el criterio en este quehacer que ocupa el libro del joven escritor. Con maestría manifiesta observa cada testimonio para establecer un balance histórico- social de un devenir unitario que se sembró en el alma de los colaboradores como valor de fusión humana pocas veces vista.

Jairo Gerak recogió en cada testimonio la veracidad de las imágenes del sector que llega a ser de la entraña del autor.

Un aplauso se impone al constatar la entrega y la compleja labor de recopilación del narrador Millalonco Velásquez por rescatar cada lugar, cada momento sin obviar el cementerio donde ya muchos fallecidos hablan desde el más allá de la Comunidad huilliche, que se hizo conocer por las virtudes reseñadas por Jairo Gerak en el buen uso del lenguaje de sus pobladores, sin mermar la autencidad del relato y la fuerza de la vivencia de cada urdidor de destinos de la patria chica, fraguada a pulso con la madeja del tiempo y los hilos del espacio reforzando el tejido de Chiloé, Lelbun.

Con la lectura del libro puedo decir sin equivocación alguna que despertó en mí incontrolables deseos de conocer el terruño donde nació y creció el autor del libro « LELBUN EN LA MEMORIA ». Ya no sólo queda en el recuerdo sino en todos los sentidos del lector como firmamento del corazón cuando acerca la voz de sus pobladores a la nostalgia del ayer. Esos forjadores que lamentan los valores del hoy, donde la desunión impera. Marco de dolor que habita también en la mente y el trazo poético de Jairo Gerak Millalonco Velásquez, vestidura de su sensibilidad.

BELLA CLARA VENTURA
Novelista y poeta colombo mexicana

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