El pitazo “chilío”(*) se escuchaba desde lejos. El agudo silbato rompía el aire, potente, cuando aparecía entre los cerros, - bufando- más allá del “Puente de Tierra”, en las faldas del Ten-Ten ¡IIIIIIIIUUUUUUUUU! , ¡IIIIIIIUUUUUUUU! Los niños que jugaban en ese entonces en la “Pampa de las Monjas”, parábamos las orejas, interrumpíamos nuestros juegos entre el pastizal, en las soleadas tardes de verano, y nuestros ojillos se encendían con la alegría del entusiasmo. Abajo el espejo de agua del Fiordo de Castro, calmo sin una brisa, reflejaba nítidamente las verdes pampas bordeadas de rubias alamedas, más allá del predio del señor “Canto D”Uña” y hasta las arboledas de “Los Alderete” en la Punta Ten-Ten.

Entonces nuestras cabecillas despeinadas, se giraban en dirección al inicio de la calle “ Punta de Chonos”, bordeada de palafitos, buscando ver aparecen tras la punta de “ Ñaco La Plata”, el negro armatoste de hierro, envuelto en el humo espeso, dando bufidos acompasados y lanzando blancos crespones de vapor por ambos costados. El trencito de trocha angosta ya hacía su aparición en aquella punta que señalaba, en ese entonces, el extremo norte del pueblo, cubriendo de humo negro las lejanas casitas sobre palafitos, cuando en un aullido general y simultáneo, salían las señoras a saludar al tren, con sus delantales blancos, desde las casitas de Punta de Chonos. Y nosotros - los niños de la Piloto Pardo- partíamos en loca carrera –todos descalzos- por los arenales de las monjas, en una verdadera estampida hacia la estación de ferrocarriles que quedaba junto al puerto. 
 

“…y es por eso que nunca este ferrocarril sería una potencia. 
No era éste aquel coloso negro, brillante, que corajudo pasaría dragoneando hasta la locura los puentes a la eternidad.
No cometió embestidas fatales, no derribó niños ni nocturnos suicidas.
Era éste un tren lluvioso, lento, un delgado hongo húmedo que reptaba por la montaña, la babosa gigante que camuflada de coihue se detenía a oler los arrayanes del riel.
Débil fierrecillo apercancado, oxidado, y en donde los líquenes brotaban a cada parada. Y aunque las sanguijuelas de La Piruquina, trataron de succionar algo de aquella tristeza que emanaba de sus fierros…fue en vano, lo digo porque su vapor era como la sangre del carrilano huilliche, de los ámbitos del cielo…"

Pablo Neruda.
 
La carta de Pablo Neruda -reproducida en el párrafo precedente- está fechada en Ancud en Septiembre de 1925 y está dirigina a Rubén Azócar, gran amigo de Neruda, quien trabajaba en ese entonces en Ancud, como profesor del Liceo. Azócar tenía una hernana: Albertina, de la cual Pablo quedó profundamente enamorado y escribió para ella los "Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada". De esa época pervive esa carta, en la que el vate chileno rememora algún viaje que efectuó en el trencito de trocha angosta entre Ancud y Castro y visceversa, armatoste lento y "apercancado", herrumbroso y oxidado, húmedo y mohoso, cuyos rieles, cubiertos de musgos y hongos no se atrevió a succionar la sanguijuela de " La Piruquina".

 

Aunque en el colegio era compañero de banco de su único hijo varón, sólo supe de la condición de escritor de Daniel Belmar, leyendo en la antigua revista VEA una reseña sobre "Roble Huacho" que acababa de publicar ese invierno de 1947.- Niño, todavía, me impresioné bastante.

 
Mucho había tenido que ver en ello su amigo Nicomedes Guzmán, quien llevó los originales de la Novela a la Editorial Cultura de Santiago y no quedó satisfecho hasta verlos convertido en libro. Alentado por la crítica capitalina - los severísimos Latcham, Melfi y De Luigi, entre otros- Y la bienvenida de los lectores, publicó después "Ciudad Brumosa" y "Oleaje”. No obstante, la consagración la tuvo con "Coirón", cuyo prólogo, extensísimo, de Mariano Latorre, me leyó y releyó con entusiasmo en su casa muy cercana a la mía.
 
Hasta allí llegó muchas veces su querido Nicomedes. Claro que, cuando Belmar "andaba con el pie izquierdo" el pobre Guzmán ya sabía como terminaba una inocente discusión, enturbiada por el vino. Humildemente, entonces, tomaba su maleta y partía a alojarse en un hotel vecino a la estación de Ferrocarriles.
 
 
Apesadumbrado, llegaba a buscarlo Daniel a la mañana siguiente y la reconciliación se festejaba en las barras de los restaurantes que visitaban.

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