“…y es por eso que nunca este ferrocarril sería una potencia. 
No era éste aquel coloso negro, brillante, que corajudo pasaría dragoneando hasta la locura los puentes a la eternidad.
No cometió embestidas fatales, no derribó niños ni nocturnos suicidas.
Era éste un tren lluvioso, lento, un delgado hongo húmedo que reptaba por la montaña, la babosa gigante que camuflada de coihue se detenía a oler los arrayanes del riel.
Débil fierrecillo apercancado, oxidado, y en donde los líquenes brotaban a cada parada. Y aunque las sanguijuelas de La Piruquina, trataron de succionar algo de aquella tristeza que emanaba de sus fierros…fue en vano, lo digo porque su vapor era como la sangre del carrilano huilliche, de los ámbitos del cielo…"

Pablo Neruda.
 
La carta de Pablo Neruda -reproducida en el párrafo precedente- está fechada en Ancud en Septiembre de 1925 y está dirigina a Rubén Azócar, gran amigo de Neruda, quien trabajaba en ese entonces en Ancud, como profesor del Liceo. Azócar tenía una hernana: Albertina, de la cual Pablo quedó profundamente enamorado y escribió para ella los "Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada". De esa época pervive esa carta, en la que el vate chileno rememora algún viaje que efectuó en el trencito de trocha angosta entre Ancud y Castro y visceversa, armatoste lento y "apercancado", herrumbroso y oxidado, húmedo y mohoso, cuyos rieles, cubiertos de musgos y hongos no se atrevió a succionar la sanguijuela de " La Piruquina".

 

Aunque en el colegio era compañero de banco de su único hijo varón, sólo supe de la condición de escritor de Daniel Belmar, leyendo en la antigua revista VEA una reseña sobre "Roble Huacho" que acababa de publicar ese invierno de 1947.- Niño, todavía, me impresioné bastante.

 
Mucho había tenido que ver en ello su amigo Nicomedes Guzmán, quien llevó los originales de la Novela a la Editorial Cultura de Santiago y no quedó satisfecho hasta verlos convertido en libro. Alentado por la crítica capitalina - los severísimos Latcham, Melfi y De Luigi, entre otros- Y la bienvenida de los lectores, publicó después "Ciudad Brumosa" y "Oleaje”. No obstante, la consagración la tuvo con "Coirón", cuyo prólogo, extensísimo, de Mariano Latorre, me leyó y releyó con entusiasmo en su casa muy cercana a la mía.
 
Hasta allí llegó muchas veces su querido Nicomedes. Claro que, cuando Belmar "andaba con el pie izquierdo" el pobre Guzmán ya sabía como terminaba una inocente discusión, enturbiada por el vino. Humildemente, entonces, tomaba su maleta y partía a alojarse en un hotel vecino a la estación de Ferrocarriles.
 
 
Apesadumbrado, llegaba a buscarlo Daniel a la mañana siguiente y la reconciliación se festejaba en las barras de los restaurantes que visitaban.

Era una noche de verano en mi pueblo (el puerto de Castro en la Isla de Chiloé), cuando una algarabía inusual me despertó de mis sueños. Tenía en ese entonces unos 7 años y mi madre no dejó que me levantara a ver lo que sucedía. Los ruidos de niños mayores que hablaban intensamente, discutían o programaban algo frente a mi casa, duraron cerca de media hora. Yo estaba intrigado por el alboroto pero debía obedecer a mi madre quien me señaló severamente que no me levantara de la cama. El ruido se fue alejando gradualmente. Eran pasos y carreras, eran voces apagadas, dichas como en susurro, y ruidos sordos, como de muchos pies que transitaban por la polvorosa calle, degradándose en el silencio y en la oscuridad de la noche, hasta que finalmente me dormí. 

 
Mi madre me explicaría al día siguiente, que aquel día de la algarabía, los niños mayores del barrio de la Piloto Pardo- la calle donde yo vivía- habían estado jugando a los bandoleros en los campos de “ La Chacra” un sector en las afueras del pueblo, junto al borde norte del Río Gamboa, más alejado que el Cerro Millantui, donde una virgencita con los brazos abiertos parece cuidar al pueblo que se desliza bajo sus plantas, y mucho más allá del antiguo hospital que se emplaza junto al Cementerio. En esos cerros poblados de espesa vegetación nativa, crecen enormes coihues chilotes, mezclados con mañíos, notros o ciruelillos, y abundantes árboles de avellanas, los que dejan senderillos innumerables que los chicuelos usaban como escondites en sus diabluras. Ese día se había formado dos bandos y uno de ellos había tomado de rehén a un tal Lucho Cárcamo. Para asegurar que no se escapara, los muchachos idearon la genial maniobra de bajar entre todos una larga rama de coihue y amarrar fuertemente al mencionado Lucho, en la seguridad que más tarde volverían a desatarlo. El juego continuó hasta bien entrada la tarde y finalmente terminaron pescando “peladillas” en las orillas del río Gamboa y otros acudieron con sus hondas elásticas, a esperar el paso rasante de los cuervos marinos, que suelen volver a dormir a los árboles añosos de la montaña, al morir el día y pasan muy cerca de una roca junto a la catarata del Gamboa, donde se parapetaban los honderos, ocultándose tras los matorrales y al pasar los cuervos en geométricas hileras, les disparaban una andanada de piedras, logrando voltear a alguno de ellos. Esa entretención acaparaba la atención de varios de ellos, entre los que se encontraba Inque Soto y un tal Perico U., cuyas respectivas habilidades en el uso de la honda, les haría famosos en todo el pueblo. Y en esas aventuras estaban cuando – por supuesto- se olvidaron completamente del rehén Lucho Cárcamo. Murió la tarde y llegó la noche de ese día y cada chicuelo se recogió al calor de su respectivo hogar. Pero a eso de las 11 de la noche, la atribulada madre del niño, golpeaba las puertas de las casas de sus amigos en busca de su querido hijo. Entonces, cada miembro del grupo logró percatarse, que habían olvidado desatar al pobre Lucho, quien a esas horas estaría tiritando de frío, con un hambre descomunal y un miedo pocas veces sentido por algún niño del pecaminoso barrio de la Piloto Pardo. La pandilla esa, que ya era famosa por sus diabluras, era conocida por el nombre de “Los de la González”, sin que nadie haya sabido porqué, pues en el grupo no había ningún niño con ese apellido. 
 
Esa noche el alboroto recorrió el pueblo, pues los primeros niños y sus padres, fueron sucesivamente visitando, golpeando las puertas y despertando a cada uno de los miembros de la pandilla, formándose al cabo de una hora, una verdadera muchedumbre, que llegó hasta nuestra casa en busca de mis dos hermanos mayores,- Ernesto y Rodolfo-, que formaban parte del inescrupuloso, zarrapastroso e irrespetuoso grupo. Provistos de palos, cuerdas, algún cuchillo, y unas elementales linternas - fabricadas con un tarro de leche Nido, dentro de la cual encendían una simple vela, artefacto que sostenían con un alambre atado al tarro- el numeroso grupo partió hacia los bosques de La Chacra en busca del rehén olvidado. 
 
Cuentan los mayores, que los niños iban en apretado batallón, adentrándose a la oscuridad más absoluta en las entrañas del bosque, tratando en el grupo, de minimizar el temor natural a lo desconocido y a la creencia isleña de que la noche está poblada de seres mitológicos feroces y de horrible aspecto, como las “fiuras” los “traucos”, las “voladoras”, los “ machuchos”, los “ camahuetos”, el “piuchén”, el “butamacho”, los “ brujos” y las “ baudas”, cuyos graznidos espeluznantes, escucharon varias veces en medio del silencio, al pasar cerca de las aguas del Gamboa. 
 
Finalmente llegaron al frondoso coihue donde estaba el rehén. En efecto, fueron guiándose porque a unos 100 metros del lugar, comenzaron a sentir los gritos y los llantos de Lucho Cárcamo, pidiendo auxilio y llamando a su querida madre. La ausencia de casas en ese sector y la inexistencia de caminos, impidieron que un alma caritativa acudiera a prestar ayuda al compungido rehén, al que encontraron sumamente amarrado allá arriba a unos 4 metros de altura, bamboleándose levemente ante la suave brisa procedente del mar. 
 
Entre todos lo calmaron, con palabras de aliento. Varios de los niños más avezados, se encaramaron al árbol y lograron alcanzar el extremo de la enorme rama. Lograron así bajarla a suficiente distancia del suelo como para que los restantes chicuelos, alcanzaran los extremos y tiraran de ella hasta el suelo. Otros niños cortaron el cordel que sujetaba a Lucho Cárcamo, quien, aterido de frío, no dejaba de tiritar, de llorar y de llamar a su querida madre. 
 
Ya en el suelo, lo cubrieron con una manta y le dieron una bebida caliente de café en grano molido, mezclado con café de higos en proporciones iguales, lo que da por resultado una bebida de un sabor exquisito y aromático que los chilotes acostumbran tomar para calentar el cuerpo. 
 
Una vez recuperado el rehén, el grupo comenzó a desandar el camino, todos felices, ahora cantando canciones de infancia, marchas y rondas infantiles con Lucho en el centro, abrazado por sus queridos amigos, quienes finalmente lo tomaron en andas y entraron al pueblo con él en hombros de Inque Soto, el más corpulento de los miembros de la pandilla, con un barullo de los mil demonios, cantando y gritando felices a eso de las 2 de la mañana, despertando de paso, a todo el vecindario y alterando así la eterna paz de esa ciudad silenciosa y apacible. 
 
Lucho Cárcamo fue posteriormente el fanático utilero del Club Deportivo Estrella del Mar, presente en primer plano en todas las contiendas de ese equipo de fútbol y gozó del aprecio y el cariño de todo el pueblo, quienes recordaban el simpático episodio que le correspondió vivir aquel lejano día en una rama de coihue en “ La Chacra”, en medio de la oscuridad y el silencio más abismantes, por el desgraciado olvido de sus pícaros aprehensores.

 

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