La Huella del Abtao

Trazado por los tejuelos chilotes hasta la planicie de Campaña de la Cordillera de Piuchué en el tiempo de los jesuitas (1610-1767) -con el fin de obtener maderos y tejuelas de alerce para la construcción de las iglesias de Chiloé-, y ampliado posteriormente por Pepe Hermellmann hasta alcanzar la desembocadura del río Abtao en la costa occidental de la Isla Grande de Chiloé, el "Sendero al Abtao" permite comunicar el interior de Chiloé con la costa del Oceano Pacífico, atravesando un territorio prístino que pertenece hoy al Parque Nacional Chiloé. Está tan lleno de historias y aventuras de sobrevivencia que constituye por sí mismo un poderoso atractivo para los amantes de la naturaleza y motivó el desarrollo de las excursiones que aquí se describen y las numerosas situaciones de permanente peligro que implican su recorrido a pie por esos recónditos, perdidos y agrestes territorios.

 

La leyenda del Capitán

Ingresar a las páginas de este libro es adentrarse al Chiloé de inicios del siglo XX, al quehacer cotidiano de un villorio cercano a Chonchi y al interior de una familia de marineros chilotes, donde se generan las más diversas, entretenidas y sorprendentes iniciativas, viajes y circunstancias que enriquecen un relato lleno de términos y expresiones locales. Así surgen los guaitequeros chilotes, los nutrieros, los pajareros o los loberos que acudían al sur en lanchas, chalupones y lanchones a vela empujados por el viento más allá de las ventiscas y marejadas del golfo Corcovado. Hombres y barcas adquieren vida en el realto de Azócar, y se adentran a la niebla del tiempo para perderse durante meses entre las islas y los canales de las Guaitecas, dejando mujeres y familias a la espera del glorioso regreso con el producto del trabajo de varios meses de ausencias. Pieles de chungungo, de lobo o de nutrias marinas, cargamentos de ciprés de las Guaitecas, peces secados al humo, cholgas en sartas, traen estos hombres como producto de su trabajo.

El pitazo “chilío”(*) se escuchaba desde lejos. El agudo silbato rompía el aire, potente, cuando aparecía entre los cerros, - bufando- más allá del “Puente de Tierra”, en las faldas del Ten-Ten ¡IIIIIIIIUUUUUUUUU! , ¡IIIIIIIUUUUUUUU! Los niños que jugaban en ese entonces en la “Pampa de las Monjas”, parábamos las orejas, interrumpíamos nuestros juegos entre el pastizal, en las soleadas tardes de verano, y nuestros ojillos se encendían con la alegría del entusiasmo. Abajo el espejo de agua del Fiordo de Castro, calmo sin una brisa, reflejaba nítidamente las verdes pampas bordeadas de rubias alamedas, más allá del predio del señor “Canto D”Uña” y hasta las arboledas de “Los Alderete” en la Punta Ten-Ten.

Entonces nuestras cabecillas despeinadas, se giraban en dirección al inicio de la calle “ Punta de Chonos”, bordeada de palafitos, buscando ver aparecen tras la punta de “ Ñaco La Plata”, el negro armatoste de hierro, envuelto en el humo espeso, dando bufidos acompasados y lanzando blancos crespones de vapor por ambos costados. El trencito de trocha angosta ya hacía su aparición en aquella punta que señalaba, en ese entonces, el extremo norte del pueblo, cubriendo de humo negro las lejanas casitas sobre palafitos, cuando en un aullido general y simultáneo, salían las señoras a saludar al tren, con sus delantales blancos, desde las casitas de Punta de Chonos. Y nosotros - los niños de la Piloto Pardo- partíamos en loca carrera –todos descalzos- por los arenales de las monjas, en una verdadera estampida hacia la estación de ferrocarriles que quedaba junto al puerto. 
 

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