La leyenda del Capitán

Ingresar a las páginas de este libro es adentrarse al Chiloé de inicios del siglo XX, al quehacer cotidiano de un villorio cercano a Chonchi y al interior de una familia de marineros chilotes, donde se generan las más diversas, entretenidas y sorprendentes iniciativas, viajes y circunstancias que enriquecen un relato lleno de términos y expresiones locales. Así surgen los guaitequeros chilotes, los nutrieros, los pajareros o los loberos que acudían al sur en lanchas, chalupones y lanchones a vela empujados por el viento más allá de las ventiscas y marejadas del golfo Corcovado. Hombres y barcas adquieren vida en el realto de Azócar, y se adentran a la niebla del tiempo para perderse durante meses entre las islas y los canales de las Guaitecas, dejando mujeres y familias a la espera del glorioso regreso con el producto del trabajo de varios meses de ausencias. Pieles de chungungo, de lobo o de nutrias marinas, cargamentos de ciprés de las Guaitecas, peces secados al humo, cholgas en sartas, traen estos hombres como producto de su trabajo.

El pitazo “chilío”(*) se escuchaba desde lejos. El agudo silbato rompía el aire, potente, cuando aparecía entre los cerros, - bufando- más allá del “Puente de Tierra”, en las faldas del Ten-Ten ¡IIIIIIIIUUUUUUUUU! , ¡IIIIIIIUUUUUUUU! Los niños que jugaban en ese entonces en la “Pampa de las Monjas”, parábamos las orejas, interrumpíamos nuestros juegos entre el pastizal, en las soleadas tardes de verano, y nuestros ojillos se encendían con la alegría del entusiasmo. Abajo el espejo de agua del Fiordo de Castro, calmo sin una brisa, reflejaba nítidamente las verdes pampas bordeadas de rubias alamedas, más allá del predio del señor “Canto D”Uña” y hasta las arboledas de “Los Alderete” en la Punta Ten-Ten.

Entonces nuestras cabecillas despeinadas, se giraban en dirección al inicio de la calle “ Punta de Chonos”, bordeada de palafitos, buscando ver aparecen tras la punta de “ Ñaco La Plata”, el negro armatoste de hierro, envuelto en el humo espeso, dando bufidos acompasados y lanzando blancos crespones de vapor por ambos costados. El trencito de trocha angosta ya hacía su aparición en aquella punta que señalaba, en ese entonces, el extremo norte del pueblo, cubriendo de humo negro las lejanas casitas sobre palafitos, cuando en un aullido general y simultáneo, salían las señoras a saludar al tren, con sus delantales blancos, desde las casitas de Punta de Chonos. Y nosotros - los niños de la Piloto Pardo- partíamos en loca carrera –todos descalzos- por los arenales de las monjas, en una verdadera estampida hacia la estación de ferrocarriles que quedaba junto al puerto. 
 

“…y es por eso que nunca este ferrocarril sería una potencia. 
No era éste aquel coloso negro, brillante, que corajudo pasaría dragoneando hasta la locura los puentes a la eternidad.
No cometió embestidas fatales, no derribó niños ni nocturnos suicidas.
Era éste un tren lluvioso, lento, un delgado hongo húmedo que reptaba por la montaña, la babosa gigante que camuflada de coihue se detenía a oler los arrayanes del riel.
Débil fierrecillo apercancado, oxidado, y en donde los líquenes brotaban a cada parada. Y aunque las sanguijuelas de La Piruquina, trataron de succionar algo de aquella tristeza que emanaba de sus fierros…fue en vano, lo digo porque su vapor era como la sangre del carrilano huilliche, de los ámbitos del cielo…"

Pablo Neruda.
 
La carta de Pablo Neruda -reproducida en el párrafo precedente- está fechada en Ancud en Septiembre de 1925 y está dirigina a Rubén Azócar, gran amigo de Neruda, quien trabajaba en ese entonces en Ancud, como profesor del Liceo. Azócar tenía una hernana: Albertina, de la cual Pablo quedó profundamente enamorado y escribió para ella los "Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada". De esa época pervive esa carta, en la que el vate chileno rememora algún viaje que efectuó en el trencito de trocha angosta entre Ancud y Castro y visceversa, armatoste lento y "apercancado", herrumbroso y oxidado, húmedo y mohoso, cuyos rieles, cubiertos de musgos y hongos no se atrevió a succionar la sanguijuela de " La Piruquina".

 

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